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Fragmento
de la novela inédita El mañana
I
- El hoy
Un
domingo de septiembre, 2005
he perdido cuenta de la fecha exacta. Ahora parecería estar llegando
la primavera. Entonces fue hace más de seis meses cuando nos
abordaron justo en medio del baile, en medio de la noche. No les resultó
difícil: íbamos navegando en dulzura, bogando casi, y
el río apenas golpeaba los flancos del Mañana.
Del vapor Mañana y también de nuestro mañana,
nuestro futuro, porque del ayer ya habíamos dado buena cuenta
en gran parte de los paneles y sesiones de discusión a lo largo
de esos tres días de seminario flotante. Pero en aquel momento
estábamos en pleno jolgorio y no había derecho, no había
derecho, como bien le enrostró alguna de nosotras a alguno de
ellos cuando se calmó el zafarrancho y pudimos percatarnos de
lo que acababa de ocurrir. Si realmente tenían que hacerlo --si
la orden era tan inquebrantable-- bien podían haber elegido otro
momento, se podrían haber descolgado durante algunas de las ponencias
más tediosas, por ejemplo.
Lo hicieron justo durante el baile, en lo mejor del Primer Encuentro
Confidencial de Escritoras, cuando ya los desacuerdos con respecto al
marco teórico habían sido limados, cuando ya habíamos
cartografiado en parte la esencia de un lenguaje a contrapelo, y estábamos
todas desenchufadas y bailábamos como locas, haciendo rondas,
meneando las caderas, cantando, y hasta Ofelia que está en silla
de ruedas se había plegado al festejo.
En una primerísima instancia los recibimos hasta con algarabía.
¡Hombres! gritamos muchas de nosotras, ¡hombres! como el
maná descolgado del cielo. Todo lo contrario, según pudimos
irnos enterando. Más bien descolgados del agua, de las mansas,
espesas, hasta entonces amigas aguas del anchuroso río que ahí
no más nos atacó a traición y dejó a los
esbirros acercarse silenciosamente al barco en sus botes de goma, negros
ellos y negros los botes. Negros de vestiduras, digo, porque de piel
eran cualquier cosa, algunos tostaditos los más jóvenes
y otros del blancuzco desagradable de aquellos que tienen la manija.
Así, enfundados de negro, cuando abrieron la puerta del salón
comedor -- habíamos desalojado las mesas para el sarao de despedida--
nos parecieron divinos. A muchas de nosotras algunos nos parecieron
divinos. O al menos bienvenidos. Para el baile y para otros menesteres
del cuerpo los hombres suelen ser bienvenidos. Al menos para muchas
de nosotras como Ofelia que fue la primera en atinar a acercarse, silla
y todo.
¡Voto
a bríos! gritamos, y gritamos ¡al abordaje! en cuanto salimos
de la sorpresa y nos sucedió eso rarísimo de pensar que
podíamos invertir los términos y abalanzarnos sobre quienes
minutos antes y tan silenciosamente habían invadido nuestro barco.
¡Al abordaje! gritamos como queriendo dar vuelta el naipe, y ellos
más que piratas parecían lo que eran: tropas de asalto.
Adela que oficiaba de disc jockey rápidamente hizo sonar un rock
desaforado, cosa que nos llevó a suponer que los hombres de negro
habían venido a revolearnos por los aires como en los buenos
viejos tiempos.
Esas eran sus intenciones, sí, pero en absoluto relacionadas
con la danza ni con nada medianamente placentero.
Los hombres al principio no supieron reaccionar ante tanto batifondo,
tanto despliegue de música y serpentinas y globos. Cuando hacemos
fiestas hacemos fiestas, nosotras. Ellos se quedaron así como
alelados y empezaron a colarse de a poco en el salón, en formación
digamos a lo ancho, y acabaron rodeándonos. No parecían
feroces hasta que el jefe de la patrulla se puso a escupir órdenes.
Porque era una patrulla qué duda cupo y si al principio nos sorprendieron
con sus vagos efluvios de testosterona fue porque nos agarraron con
la guardia baja, en plena celebración de despedida, y algo borrachitas
a qué negarlo.
Alguno de ellos, entre los más jóvenes claro, en la fracción
de segundo de desconcierto que siguió a su irrupción en
nuestro campo, hasta habría salido a bailar desprevenido. Habría
tomado a alguna de nosotras por la cintura y vaya una a saber el desenlace.
Pero no, el jefe supo reaccionar a tiempo. El jefe a quien al rato debimos
tratar de capitán como si al barco le faltara capitán,
o mejor dicho capitana, de eso ya hablaremos en cuanto nos dejen hablar
--si nos dejan, si no nos cortan las lenguas que buenas ganas tendrán,
se les nota en los ojos.
Como si lo estuviera viviendo una vez más. Todo tan súbito
y tan trastocante.
Nos dieron vuelta la página. Borrón y cuenta nueva dijeron
y nosotras fuimos las borradas y quedamos fuera de la historia.
Estoy tan furiosa que ni siquiera puedo seguir contándolo.
La desesperación y la impotencia se me han ido evaporando con
el tiempo. La furia subsiste. Tendría que usarla de combustible
para seguir adelante con estas anotaciones. La furia es inflamable,
y si toda anotación debe desaparecer, como nosotras, más
le vale esfumarse en una enorme llamarada de furia, no como pretenden
hacernos desaparecer a todas las escritoras del país, borrándonos
las ideas.
Ustedes son cuerpo, son mujeres antes que cualquier otra cosa, a las
mujeres no les interesa el intelecto; no piensen más, disfruten,
hagan gimnasia, preocúpense por su apariencia. Más o menos
eso nos dijeron, sintetizando, aunque ellos carecen de todo poder de
síntesis, son totalmente desbordados. Ellos no son sólo
hombres, ojo, me lo debo repetir a cada paso para no caer en fáciles
dicotomías. Ellos son el poder, hombres y mujeres del poder,
recordarlo siempre, ellos son la ley, y es una ley de mierda.
Nos plantaron droga en el barco, nos plantaron videos porno, nos acusaron
de brujas, de lesbianas todas, de subversivas y conspiradoras. Nos plantaron
hasta una sarta de electrodos y materiales rarísimos diz que
para fabricar bombas. No plantaron más porque no cabía.
Y todo lo hicieron en el mayor sigilo, mientras nosotras con la más
gloriosa de las desaprensiones bailábamos en el enorme salón
comedor y en la cubierta de proa, honrando al mascarón que se
abría paso solemne por las aguas del río con las tetas
enhiestas. Bailábamos todas hasta Ofelia como ya dije, bailaba
desde la capitana hasta la última grumete, un barco enteramente
tripulado por mujeres, era para el festejo.
Unas horas más tarde llegaríamos a la ciudad de Corrientes,
Nuestra Señora de las Siete Corrientes, nos encantaba la idea,
le bailábamos a eso, no a la Virgen de los Siete Dolores en la
que nos habríamos de convertir las escritoras al rato.
Los hombres tiraron escalas a la cubierta de popa, treparon enfundados
en mamelucos negros, hasta había algún hombre rana con
traje de neopreno. Y cuando pudieron desprenderse de nuestras exclamaciones
iniciales, cuando pudieron desprenderse de la falsa identidad de piratas
impuesta por nosotras recuperando así su identidad siniestra
empezaron a su vez a envestirnos con calificativos, injuriosos desde
su punto de vista. Se ve que los habían aleccionado bien al lanzarlos
a esta sucia maniobra, y con enorme asco nos gritaron lesbianas, y brujas,
y subversivas, guerrilleras. En pleno siglo XXI imagínense ustedes,
como si no hubiéramos ya entrado en el tercer milenio, como si
los roles ya no fueran otros.
Unas cuantas lesbianas había entre nosotras, por supuesto. Quizá
habría alguna bruja nostalgiosa y vaya una a saber qué
más. Eramos un ecléctico grupo humano, y estábamos
contentas. Fue la última vez que estuvimos contentas.
Hasta habíamos tirado unas cuantas cañitas voladoras para
agradecer al cielo la culminación de tan magno encuentro. ¡Balas
trazadoras! declararon nuestros esbirros en el somerísimo juicio
que resultó ser una pantomima total, una enorme mentira para
calmar los ánimos de quienes no podían entender por qué
todas las escritoras locales eran perseguidas, hasta aquellas más
leídas, las que contaban una edulcorada versión de nuestra
historia.
Lo demás nunca salió a la luz, la verdadera razón,
la amenaza que en verdad representábamos. Ni nosotras mismas
nos la creímos demasiado, al principio. Ahora hemos tenido tiempo
de reflexionar --porque es lo único que podemos hacer aunque
nos lo prohiban, ¡no piensen! nos conminaron y nos seguirán
conminando. Pero nosotras, o al menos yo --no sé por qué
sigo hablando en plural desde este aislamiento casi absoluto (pero sé,
sé que Marcia por ejemplo no hace más que rumiar al respecto,
sé que Ofelia también, ella que es socióloga, sé
que Juanamaría, Sharon, Nelly, Zenia, G. Díaz, Mané,
ellas que lo escribieron alguna vez con todas las letras, mucho más
que yo, ellas que saben más que yo deberán de estar rumiando
esto a diario). Si sólo pudiéramos comunicarnos entre
nosotras al menos por algunos minutos, si estas palabras pudieran llegarles
y no le llegarán a nadie...
¿Y
los familiares? me preguntaría algún interlocutor que
no tengo, ¿y los organismos internacionales, no hacen nada? Algo
harán no cabe duda pero todos deben de sentirse más cómodos
así con nuestras voces acalladas, y vaya una a saber en el resto
del mundo, yo sólo tengo un parlante acá que transmite
música, 50 y 50, folklore y clásico y de vez en cuando
algún tango pero no demasiado no sea cosa que. Hasta la coronilla
estoy de lunita tucumana, má qué lunita tucumana, sí,
bueno, qué se yo, apago este simulacro de radio y me quedo con
sólo los ruidos de la calle en sordina. Mi departamento da a
los fondos y no tengo vecinos. Mala suerte la mía y pensar que
cuando lo compré consideré que justamente éste
era su mayor atractivo. Tiene una linda terraza con plantas que mira
al cielo en un barrio tranquilo de casas bajas. Al principio de mi encierro
me entretuve tirándoles flechas hechas con hojas de los pocos
libros que me dejaron --un entretenimiento desesperado, vandálico--
pero se ve que nadie quiere involucrarse, vaya una a saber qué
lavado de cerebro les habrán hecho, cuánta desinformación,
cuánta mentira, y ahora las escritoras somos subversivas; eso
en cierta medida nos honra, si no fuera por el arresto domiciliario
inimaginable, perverso.
Suerte que estoy rodeada de objetos que amo. Pero hay días y
sobre todo noches en que llego a detestarlos, ya reventé más
de un cacharro contra la pared y eso que eran recuerdos insustituibles,
mi paso por Salvador de Bahía con Christian, mi viaje a los matacos
en el chaco salteño. Hubo noches en que hubiera querido reventar
todo y reventarme la cabeza y tirarme de la terraza y para eso justamente,
previendo tamaña contingencia, colocaron la altísima alambrada
alrededor de mi terraza y de mi cielo, espesa, enjaulante, que me desespera
más que ninguna otra cosa. Y hube de pagarla de mi propio bolsillo.
Recibo puntualmente el alquiler del departamento de Palermo, comprado
cuando me saqué el premio Centella, lo digo por si alguien --quién
alguien, a dónde mil carajos alguien se va a preocupar por mi
destino, o preguntarse estas pavadas o lo que es más leer estas
anotaciones destinadas a las mil putas que la parió en cuanto
haga Seleccionar Todo, Del.
Y la pantalla en blanco con esa inocencia de mierda que parece ostentar
después de tanto involucramiento.
Debo conservar la calma.
Es lo único que tengo para enfrentarme con ellos.
Porque ya ni ideas me salen, ni maneras de ver el lenguaje a trasluz
para borrarle todas las marcas del dominador. Alguna vez lo intenté.
¿Dónde habrán ido a parar todos mis ensayos? Mis
archivos quemados, obliterados. Las editoriales como si nunca hubiéramos
existido, eso sí lograron soplarme los esbirros, los que nunca
me hablan. Me dijeron: a las editoriales ustedes las escritoras les
importan un soto, no significan cifras considerables, y además,
además. Unos cuantos han hecho canje; esos escritorzuelos que
ni se pueden llamar así, que sólo producen basura estarán
ahora produciendo a cuatro manos para ocupar nuestro lugar y
y
acá paro
y
respiro hondo, hondo
porque
estuve a punto de hacer volar el tablero de una patada de bronca incontrolable,
hacer desaparecer este aparato que tengo acá a mi alcance, computadora
y monitor y teclado y todo, este viejo bodrio ya obsoleto que usábamos
allá por los años 90 porque claro se llevaron mi luminosa
joya de última generación, la que me comunicaba con el
mundo y hasta me gratificaba el tacto y me daba perfumes, y con ella
yo todo lo podía, podía ver lo que ocurría en casa
de cada uno de mis interlocutores y ahora tengo este mamotreto inodoro,
insípido, inerte y ciego, con una luminosidad que lastima los
ojos, frente al cual estoy y que unos segundos atrás estuve a
punto de hacer volar por los aires para verlo estallar en mil pedazos
electrónico y ahora lo venero porque es lo único que me
conecta con alguien. Me conecta conmigo, mi intermediario amigo.
Mi centro del lenguaje. Mi criatura.
Como se comprenderá, las escritoras de este país estamos
totalmente cortadas de toda información. Nadie nos impide escribir
que con algo hay que pasar el tiempo, pero todos los sábado viene
una guardiana, al menos yo la llamo guardiana, y nos borra el disco
rígido. No se nos permite ni impresora ni disquetera blanda,
ni papel ni lápiz ni nada semejante, no tenemos forma de conservar
el documento. Ya ni me importa, escribo para mí, sólo
por principio me dirijo a ustedes que no están y nunca leerán
esto, por necesidad de compañía aunque sea virtual, por
no olvidar el diálogo. ¿Cuánto hace que no hablo
con nadie? La lengua en la mano, dijo alguna vez Margo Glantz; ya no
tengo sus libros, mi biblioteca ha sido sabiamente expurgada, sólo
me quedan los textos señeros de los malditos maestros, los maestros
mansos, no los maestros malditos que tanto admiro.
Volviendo a lo cual contesto: familiares no tengo, casi, y los pocos
que me quedan saben que escribir contamina. Más vale ser administradores
de empresa, como ellos. Ellos y ellas, seamos justas, siempre anduvimos
luchando contra esta convención del plural eternamente masculino
cuando nos discriminaba a nosotras las mujeres, conviene ahora no olvidar
la regla aún para señalar a aquellas que se quedaron ensartadas
en el modelo antiguo.
¿Se
entiende? ¡Y qué me importa que se entienda!
Yo solía abominar de los signos de exclamación, ahora
abuso de ellos. !!!!!!! Es la única protesta que me está
permitida.
Los puntos suspensivos también me los apropio: ..., y más
.., y más,...
Al menos dejan espacio para alguna esperanza.
Habíamos estado preparando el congreso de escritoras casi con
un año de antelación. Era nuestra oportunidad de juntarnos
a puertas cerradas, todas o casi todas, e intercambiar ideas y quizá
diseñar algún proyecto común y evaluar los triunfos.
Porque triunfos ha habido a lo largo de las últimas décadas,
y son (¡eran!) muchos.
Primer congreso integral de novelistas del país. Importante a
qué dudarlo. Seminal como dijo alguien. No faltaría ni
una. El comité organizador estaba formado por muchachas llenas
de entusiasmo, algunas ya en su segunda novela, y necesitaban que el
encuentro resultara perfecto. Necesitaban gritar a los cuatro vientos
--y para eso los cuatro vientos debían soplar por allí--
su entusiasmo por el revisionismo histórico, su reivindicación
del papel de la mujer durante nuestro pasado no tan lejano pero remotísimo
ya, maleable ya, reconquistable.
La propuesta me resultaba algo cuadrada pero las apoyé con ganas.
Quería encontrarme con mis pares, así, in totto, y no
en encuentros dispersos o por los congresos del mundo que nos iban convocando
a unas y otras.
El congreso mayor, el mejor, el más alucinante y quizá
el primero de esta envergadura (aunque envergadura no es la palabra
que corresponde ¿no? tratándose de mujeres) (pero éste
no es un alegato feminista, entiéndanlo bien, no toma partido
en lo posible, no reconoce dogmas y no reconoce leyes y se va armando
con el correr del teclado como se fueron armando nuestras ideas, y antes
que nada como se fue armando nuestra apropiación del lenguaje.
De eso hablaremos más tarde, si podemos, aunque de eso se trata
porque es la razón primera y unívoca de nuestra condena).
Condena sí es la palabra. Entonces nada de alegato feminista
al pedo. Actuamos en defensa propia. En esto se nos va la vida. Porque
ahora estamos encerradas, silenciadas, y son muy contados los que se
animan o quieren defendernos abiertamente.
Tenemos la palabra prohibida. La escritura prohibida. Quizá también
el pensamiento.
¿Fue
el Mañana una caja de Pandora? En eso la convirtieron
ellos (agentes de la represión, vaya una a saber cómo
se designa al enemigo).
Nuestra meta final, ya lo dije, era la ciudad de Corrientes. Allí
muchas de nosotras desembarcaríamos para tomar el primer avión
de regreso a la Capital. Múltiples obligaciones nos esperaban
acá. Seguirán esperando.
Las que son madres viven en familia, como siempre, pero están
aún más vigiladas que las solteras o las divorciadas como
yo. Y debemos salir a la calle con velo, atuendo que ya no llama la
atención porque el velo se ha puesto de moda, cada vez se ven
más y no son escritoras sino todo lo contrario y los maridos
y novios y amantes (pero me temo que quedan pocos de los últimos,
la cosa se ha vuelto a más no poder conservadora, hay casamientos
masivos según tengo entendido) las prefieren así, recatadas
y propias.
Ya lo dije y repito, no soy necesariamente feminista estas cosas no
me importan que cada una haga de su culo un jardín y de su cara
un telón de fondo no me importa me importan las palabras con
las cuales se designan estos actos, las marcas indelebles. El velo es
de quita y pon, el adjetivo "veladas" nos cubre para siempre.
Feminista no seré como quien responde a un dogma pero nací
rebelde, ¿y ahora qué?
Esto nos pasa por embarcarnos en el Mañana. Una nave engañosa
con nombre de doble filo. ¿Cómo traducirlo? La mañana
de género femenino es ésta que transcurre ahora se nos
va entre las manos y mañana vendrá otra, vendrá
en un mañana ya sin género específico que es sólo
el día siguiente: mañana te espero, mañana por
la mañana. En cambio el mañana lo tiene todo, tiene la
promesa de un futuro mejor, el mañana vendrá y seremos
otros... dice el poema, y nosotras acá siendo otras, sí,
en un mañana hecho de nubarrones inciertos donde nos han clavado
como mariposas a la pared con el alfiler de un nombre, el mismo del
que se burlan los muy productivos angloparlantes: Mañana, mañana
nos dicen en nuestra propia lengua, como una promesa que no habrá
de cumplirse jamás.
Creo que fue Adela Migone que sugirió la posibilidad del barco
y nos pareció brillante. Era una manera de terminar con los tironeos,
unas queríamos que el congreso tuviera lugar en las montañas
del norte, otras en los lagos del sur, muchas decían acá
en la capital pero un lugar de reunión lo suficientemente amplio
nos resultaba costosísimo y además no queríamos
público. En eso estábamos todas de acuerdo: nada de público,
sólo un encuentro entre nosotras por primera y casi seguro última
vez, porque basta ya de separarnos de la masa de la literatura global,
basta de escritoras por un lado y escritores por el otro, esos detalles...Y
así surgió el barco o mejor dicho la nave Mañana,
flotando en medio de los sueños. Nos pareció preciosa
con su mascarón de proa rescatado de otros tiempos, especie de
sirena apuntando a un porvenir seguro, al mejor puerto. Mañana
tenía su propia capitana, que reuniría --prometió--
una tripulación del todo femenina. Lo estimamos un toque de humor
y además una cierta forma de tranquilidad, ya sabemos qué
poder de encantamiento ejercen los marineros sobre las blandas almas
de las novelistas, aunque sean marineros de agua dulce y aunque la travesía
dure tres días a penas y aunque las mentadas novelistas tengan
la cabeza en otra cosa. La cabeza sí, dijo alguna de nosotras,
pero... y fue así como aceptamos por unanimidad eso de navegar
tripuladas por mujeres. Navegar con rumbo fijo mientras nuestras ideas
eran lanzadas al garete.
Y ahora me voy a dormir, no aguanto más, mañana (volviendo
a ese vocablo) será otro día tan igual a mis días
anteriores pero seguiré escribiendo, hasta el último aliento
seguiré escribiendo, hasta el sábado cuando todo deba
ser borrado y escribiré de nuevo y otra semana de nuevo y de
nuevo y una marca quedará en esta pantalla que se vuelve totalmente
gis y luminosa, se ríe de mí y yo la seguiré marcando
como quien con agua escribe sobre la piedra y un día, un día
la piedra aparece burilada. No tengo tanto tiempo. No tengo milenios
y es como si los tuviera. El tiempo detenido es todo el tiempo.
(Como en tantas otras noches de insomnio extrañaré locamente
a mi perra Sand. Las escritoras enclaustradas que tienen gato de alguna
forma podrán arreglarse, pero yo tuve que regalarla a Sand por
intermedio del portero porque, claro, cómo sacarla a la vereda
dos tres veces por día cuando a mí sólo me está
permitido pastorear dos veces por semana, cuando no llueve. Lunes y
jueves. A las 6.30 de la madrugada, la hora de mis mejores sueños.
Antes. Cuando podía soñar).
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