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Sergio Pitol encarna para mí el siglo XIX, el de los
espejos de agua que reflejan escenas frágiles y movedizas,
el de los rusos perdidos en la neblina, el de los impresionistas
de Monet, apenas una que otra amapola aquí y allá
en medio del trigal. Sergio Pitol se parece a estos paisajes
verdes y desvaídos, de hojas otoñales y lentas
caminatas en el parque, mujeres borrosas de cuellos de encaje
en cuyos ojos amarillos se refleja un hombre de sombrero de
paja y bastón de empuñadura de plata, perfectamente
bien vestido, perfectamente tuberculoso, perfectamente al margen
de la vida de todos los días. (Es raro que un hombre
sea un paisaje, pero Sergio Pitol lo es.) |
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Elena Poniatowska, 1981 |
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Por eso, porque sus obras nos lo demuestran, me atrevo a decir
de Sergio Pitol lo que es más difícil atreverse
a decir de cualquier escritor: es un escritor por necesidad. |
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Juan García Ponce, 1985 |
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Con motivo de la aparición de Vals de Mefisto
[…], se escribió que Pitol era “la otra narrativa
mexicana” y un poco el rostro desconocido de la novela
de Hispanoamérica. En todo caso, lo que resulta evidente
es que Pitol es una voz muy diferenciada, muy culta, que tiene
derecho a ser oída. Tal vez ahora sea el momento oportuno,
cuando el fenómeno de “boom” es ya un recuerdo.
América es, para el escritor, mucho más espacio
que tema, y un bar de Varsovia o una ópera de Morzart
ejercen sobre él tanto o mayor atractivo que su México
natal. Quizá eso pueda explicar su desenganche de aquella
eclosión político-comercial, y conste que no la
juzgo hoy negativamente. Pero el panorama de la narrativa hispanoamericana
se enriquece, a no dudarlo, con ese narrador refinado, mas no
decadente, culto y no culturalista, festivo, sin perder nunca
el buen gusto. |
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Miguel García-Posada, 1985 |
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En su trayectoria narrativa, Sergio Pitol es leal a determinadas
imágenes y situaciones. Desde una perspectiva que es
y no es autobiográfica, él analiza reiteradamente
al mexicano, a quien el largo exilio lo despoja del mayor principio
de identidad, la condición de promesa; a él le
importa el descubrimiento en la infancia del mal y de la muerte
(así por ejemplo, el vislumbramiento de la putrefacción
en el cementerio de tordos); él registra compulsivamente
las relaciones entre pintura y literatura (entre Albers y Henry
James, por ejemplo), y entre literatura y cine. […]
Pitol es también fiel a sus dos escenarios ideales: el
abigarramiento de la burguesía culta, y el paisaje de
las emociones desnudas. Él combina su México de
valses verbales con las imágenes del pequeño pueblo
que es infierno de los seres lúcidos, y él mezcla
el culto por la excentricidad y la captación minuciosa
del ridículo, la descomposición de la vida familiar
y la recomposición de las aristocracias pueblerinas,
la grotecidad de algunos personajes femeninos y la ironía
que es en el paisaje morbo vencido por la inteligencia. |
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Carlos Monsiváis, 1989 |
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Sergio Pitol, escritor mexicano de nacimiento pero cosmopolita
por elección, deja en su historia la idea, como la sostuvo
también nuestro Gadda, de que el barroco no es una manera
de ver el mundo, sino que es precisamente el mundo el que es
barroco. ?…? Pero la verdadera música de fondo
es la crueldad de la vida y de las situaciones: el inevitable
final de un amor, el desesperado conocimiento del fracaso, la
terrible fuerza del delirio, el seductor escalofrío del
peligro y del mal. No sabría decir a bien si los personajes
de Pitol viven su extrema condición existencial como
si se tratara de una regla cotidiana, o si viven la regla cotidiana
como si se tratase de una extrema condición existencial.
De este espléndido “equívoco” brota
lo fantástico: un fantástico tocado con sordina,
tal vez, pero no por eso menos engañoso y alarmante,
que propone en clave moderna el trascendental dilema de los
barrocos: si es el sueño un producto de la vida o si
no es la vida un producto del sueño. |
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Antonio Tabucchi, 1991 |
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A lo rara-avis que es Sergio Pitol en un Universo Literario
Mexicano que tiene poco de literario y mucho de un afán
gustoso por el Mundo, en el sentido en que su vocación
es una verdadera vocación literaria, se suma el carácter
excepcional y ejemplar de su obra. Creo que es el único
caso en que puedo pensar en un escritor que reúna esas
dos características: “excepcional y ejemplar”,
que son, por lo general, características incomparables.
Sergio Pitol es un maestro para quienes amamos la literatura.
Conforme pasan los años, cada uno de sus libros se va
acercando más a una ligereza envidiable, en el sentido
en que Conrad, Stevenson y Bioy Casares consiguen ligereza en
sus textos, no en el sentido vacuo en que se habla de la literatura-light
y la seria, puesto que la literatura siempre es literatura,
y la materia literaria no tiene peso. La anécdota, en
Sergio Pitol, se va llenando más, de una manera casi
mágica, de sabiduría, de materia literaria. |
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Carmen Boullosa, 1993 |
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Nuestros narradores y poetas se han centrado en el propósito
de captar la esencia del mexicano despojado, sufrido, traicionado,
abnegado, triste. Tenemos una abundante literatura “del
lado moridor”. Sus páginas están llenas
de muerte, de sangre; hay mucho de vida torturada, miserable,
como hecha para el dolor, para la enfermedad, la inconciencia
y el desaliento. La sordidez campea por muchas de nuestras mejores
novelas, en ocasiones con su correspondiente “yo acuso”,
que intenta hacer más vivible la realidad que nos tocó.
Sergio Pitol, entre otros, muy pocos, como Torri, Ibargüengoitia,
Arreola o Monsiváis, ha abierto paso a una literatura
tan corrosiva y tan catártica, o más, que la anterior,
sólo que organizada del lado de la ironía, de
lo cómico, de lo ridículo; digamos, algo así
como una literatura del “lado vividor”, profundamente
arraigada en las tradiciones de la cultura popular universal. |
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Luz Fernández de Alba, 1993 |
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Si la crítica ha sido maniatada por saltarinas metodologías,
obesos aparatos ideológicos, chefs abotagados de spaghetti
teórico, todos armados de jergas fosfóricas y
sopletes de brillantina, la perseverancia de los escritores
que hablan de otros escritores atiza al misterio literario cuya
sombra diseccionan los metódicos en sus anfiteatros.
El libro de Pitol va contra Saint-Beuve y, quién lo diría,
por Picard y contra Barthes. Por la causerie y contra
la estructura. Por la impresión inteligente y contra
la tomografía literaria.
Si es inútil tratar de separar a Pitol de su obra, lo
es también tratar de separar su obra de su crítica
amable, febril y casi arcaica. Una crítica que no desdeña
los antecedentes biográficos, las síntesis argumentales,
las eclosiones de fascinación. Es una crítica
conversacional, pero de conversador agudo, compenetrado, enterado.
Tenues vasos comunican su crítica y sus novelas. Es casi
una crítica à clé. Hay entre ellas
una interacción que, en momentos, se antoja un enigma
más, diseñado por su ingenio alternativamente
cruel y piadoso, ácido y benigno. Esto que para otros
sería rasgo limitante, es en realidad un gesto de generosidad
hacia los lectores con los que Pitol decidió conversar.
La casa de la tribu es un baedeker pertinente
para recorrer el viaje narrativo de Pitol, este eficaz árbol
viajero que, como proponen nuestros clásicos, tiene sus
raíces en México y sus ramas en el aire del mundo. |
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Guillermo Sheridan, 1993 |
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La obra de Pitol es justo lo contrario de un cantar de gesta:
es un anticanto o un canto en sordina interrumpido por una carcajada
o un grito que se despeña arrastrando detrás suyo
toda esperanza de alivio y conciliación. |
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Alberto Vital, 1994 |
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Sergio Pitol no sólo es nuestro mejor narrador activo,
también es el renovador más esforzado de nuestras
letras. Toda una lección vital: el autor más joven
y valiente de una literatura tiene casi setenta años.
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Álvaro Enrigue, 2001 |
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El trabajo de Pitol traductor es indisociable del Pitol escritor.
[…] Al Pitol traductor le debemos no sólo las obras
que se presentan en esta colección ?de libros traducidos
por él? sino en buena medida, le debemos su obra misma.
Por ellas ha dicho Pitol, Él Es El Que Es. |
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Rosa Beltrán, 2008 |
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