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YO, TITUBA,
LA BRUJA NEGRA DE SALEM
(Fragmento de la primera parte) |
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Tituba y yo hemos vivido
en estrecha intimidad durante un año.
En el curso de nuestras larguísimas
conversaciones me ha contado estas
cosas que no le había confiado a
nadie.
Maryse Condé
Death is a porte whereby we pass to joye;
Lyfe is a lake that drowneth all in payne.
John Harrington
(Poeta puritano del siglo xvi) |
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Uno
Un marino inglés violó a Abena,
mi madre, en la cubierta del Christ the King,
un día de 16… cuando el navío
navegaba hacia Barbados. De aquella agresión
nací yo. De aquel acto de odio y de
desprecio.
Cuando, largas semanas más tarde, llegaron
al puerto de Bridgetown, nadie se dio cuenta
del estado de mi madre. Como no debía
de tener más de dieciséis años
y era hermosa, con la tez de un negro azabache
y el sutil dibujo de las cicatrices tribales
en sus altos pómulos, un rico plantador
de nombre Darnell Davis la compró por
mucho dinero. Con ella, adquirió dos
hombres, dos ashantis víctimas, también
ellos, de las guerras entre fantis y ashantis.
Destinaba a mi madre al servicio de su mujer,
que no acababa de superar la nostalgia de
Inglaterra y cuyo estado físico y mental
necesitaba de constantes cuidados. Pensaba
que mi madre sabría cantar para distraerla,
bailar de vez en cuando y practicar aquellos
juegos a los que él creía que
los negros eran aficionados. Destinaba los
dos hombres a su plantación de caña
de azúcar, que iba muy bien, y a sus
campos de tabaco.
Jennifer, la esposa de Darnell Davis, no era
mucho mayor que mi madre. La habían
casado con aquel hombre rudo al que odiaba,
que la dejaba sola por la noche para irse
a beber y que ya tenía una jauría
de hijos bastardos. Jennifer y mi madre
trabaron amistad. Después de todo,
no eran más que dos niñas espantadas
por el rugido de las fieras nocturnas y el
teatro de sombras de los flamboyanes, los
calabaceros y los mapú de la plantación.
Se acostaban juntas, y mi madre, mientras
sus dedos jugaban con las largas trenzas de
su compañera, le contaba las historias
que su madre le había contado en Akwapin,
su pueblo natal. Convocaban en su cabecera
a todas las fuerzas de la naturaleza con el
fin de que la noche les fuera propicia y los
bebedores de sangre no las desangraran antes
del amanecer.
Cuando Darnell Davis se dio cuenta de que
mi madre estaba encinta, montó
en cólera al pensar en las buenas libras
esterlinas que le había costado. Eso
es lo que iba a tener entre manos, ¡una
mujer de mala salud y que no le serviría
para nada! No cedió a los ruegos de
Jennifer y, para castigar a mi madre, se la
entregó a Yao, uno de los ashantis
que había comprado junto con ella.
Además, le prohibió volver a
poner los pies en la habitación. Yao
era un joven guerrero que no se resignaba
a plantar, cortar y acarrear caña al
molino. Había intentado además
matarse dos veces mascando raíces venenosas.
Lo habían salvado por un pelo y devuelto
a una vida que él odiaba. Darnell esperaba
que dándole una compañera, le
devolvería también las ganas
de vivir, amortizando así su gasto.
¡Qué poco inspirado había
estado aquella mañana de junio de 16…
cuando fue al mercado de esclavos de Bridgetown!
De los dos hombres, uno estaba muerto. El
otro era un suicida. ¡Y Abena estaba
embarazada!
Mi madre entró en la choza de Yao poco
antes de la hora de la cena. Él estaba
tendido en su cama, demasiado deprimido
para pensar en comer, con escaso interés
por aquella mujer cuya llegada le habían
anunciado. Cuando Abena apareció,
se incorporó sobre un codo y murmuró:
– ¡Akaba!*
Luego la reconoció y exclamó:
– ¡Eres tú!
Abena se deshizo en lágrimas. Demasiadas
tempestades se habían acumulado sobre
su corta vida: su pueblo incendiado, sus padres
destripados al intentar defenderse, la violación,
ahora la separación brutal de un ser
tan dulce y desesperado como ella misma.
Yao se levantó y tocó el techo
de la choza con la cabeza, pues aquel negro
era tan alto como un gigante. –No
llores. No te tocaré. No te haré
ningún daño. ¿No hablamos
acaso la misma lengua? ¿No adoramos
al mismo dios?
Luego bajó los ojos hacia el vientre
de mi madre: –Es el hijo del amo,
¿verdad?
Lágrimas aún más ardientes,
de vergüenza y dolor, brotaron de
los ojos de Abena: – ¡No,
no! Pero de todos modos es el hijo de un blanco.
Como ella seguía allí, ante
él, con la cabeza baja, una inmensa
y dulcísima piedad inundó el
corazón de Yao. Le pareció
que la humillación de aquella niña
simbolizaba la de todo su pueblo, deshecho,
disperso, vendido en subasta pública.
Enjugó el agua que fluía de
sus ojos. –No llores. A partir
de hoy tu hijo es el mío. ¿Me
oyes? Y pobre del que diga lo contrario.
Ella no dejó de llorar. Entonces, él
le alzó la cabeza y le preguntó:
– ¿Conoces el cuento del pájaro
que se burlaba de las frondas de la palmera?
Mi madre esbozó una sonrisa:
– ¿Cómo podría
no conocerlo? De pequeña, era mi cuento
favorito. La madre de mi madre me lo contaba
todas las noches. –La mía
también… ¿Y el del mono
que se creía el rey de los animales?
Se subió a la copa de un iroko para
que todos se postrasen ante él. Pero
se rompió una rama y se vio en el suelo,
con el culo en el polvo...
Mi madre rió. No había reído
desde hacía largos meses. Yao tomó
el fardo que ella llevaba en la mano y fue
a dejarlo en una esquina de la choza. Luego
se excusó: –Aquí
todo está sucio porque no le encontraba
gusto a la vida. Era para mí como un
charco de agua sucia que uno trata de
evitar. Ahora que estás tú,
todo es diferente.
Pasaron la noche el uno en brazos del otro,
como un hermano y una hermana o, más
bien, como un padre y su hija, afectuosos
y castos. Transcurrió una semana antes
de que hicieran el amor.
Cuando yo nací cuatro meses más
tarde, Yao y mi madre conocían la dicha.
¡Triste dicha de esclavo, incierta y
amenazada, hecha de migajas casi impalpables!
A las seis de la mañana, con el
machete al hombro, Yao partía a los
campos y ocupaba su lugar en la larga fila
de hombres harapientos, arrastrando los pies
por los senderos. Mientras tanto, mi madre
hacía crecer en su pedazo de tierra
tomates, gombós u otras verduras, cocinaba
y alimentaba a unas descarnadas aves de corral.
A las seis de la tarde, los hombres regresaban
y las mujeres se afanaban alrededor de ellos.
Mi madre lamentó que yo no fuera un
niño. Le parecía que la suerte
de las mujeres era aún peor que la
de los hombres. Para liberarse de su
condición, ¿no debían
acaso ceder a los deseos de los mismos que
las tenían en esclavitud y acostarse
en sus camas? Yao, por el contrario, estuvo
contento. Me tomó en sus grandes manos
huesudas y me ungió la frente
con sangre fresca de pollo, tras haber enterrado
la placenta de mi madre bajo una ceiba. Luego,
sujetándome por los pies, presentó
mi cuerpo a los cuatro confines del horizonte.
Fue él quien me puso el nombre: Tituba.
Ti-Tu-Ba. *¡Bienvenida!
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