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Las personas que te conocen dicen que eres muy desconfiado.
Sí, desconfío. En esa cierta identidad tambaleante de los
chilenos está la sospecha por el forastero.
¿Te sientes extranjero en tu propio país?
Cuando se burlan de mí en la calle no me queda otra que considerarme
un forastero. Pero, más allá de eso, lo mío es rehuir
cierto lugar originario. Me gusta pensar que la próxima imagen
que vea en el espejo va a nublar esta máscara siniestra que llevamos
por identidad en esta sociedad hipócrita y pacata.
Varios escritores dicen que no te leen, pero que tienen una opinión
políticamente correcta de ti.
Me apesta ese término. Es como decir: "¡Qué le
vamos a hacer! Existe, soportémoslo". Me suena a sinónimo
de tolerancia y la tolerancia me carga. Incluso en mi complicidad con
otros géneros minoritarios no basta con que alguien me diga "soy
homosexual", para que le abra los brazos. También hay homosexuales
fascistas. Yo no pido garantías de aceptación por ser escritor
y homosexual. Incluso considero que tener acceso a los medios de comunicación
por mi escritura es una injusticia. La loca del pasaje que no escribe
ni es artista no tiene derecho a manifestarse. Ese es el doble estándar
de este país. Conmigo va el escritor, la izquierda, el proletario,
el homosexual, aunque no hablo por todos. A veces hago de ventrílocuo
y dejo fluir otras voces enmudecidas a través de mis textos. Pero
nada más.
Lemebel ya es marca registrada fuera de Chile. ¿Cómo
siente el éxito alguien que intenta mantenerse en los márgenes
para no ser cooptado?
Quizás cuando se habla del éxito o del renombre que se publicita
y corre de boca en boca, se está hablando de un producto fácil
de asimilar o que resulta atractivo para el consumo caníbal de
estos tiempos. En mi caso, creo que ese éxito es una marquesina
piñufla que me sirve a veces para mirar con desdén a los
homofóbicos que en otras épocas me escupían. Pero
como dice Juan Gabriel, "aún estoy en el lugar de siempre,
en la misma ciudad y con la misma gente", paseo donde mismo, compro
en el mismo almacén donde la vieja me insiste que le regale algún
libro, y yo le contesto que mejor me lea en el Clinic o en Rocinante,
porque yo nunca fui tan adicto a los libros, me gustaba más leer
revistas o tiras románticas del corazón. Y de seguro que
esta señora sólo quiere el libro como un fetiche, esperando
que algún día tenga valor, por eso me insiste que se lo
regale autografiado. Entonces creo que lo que panfleteaba por ahí
como mi éxito, es nada más que un centelleo del nombre,
con una aureola de raro, provocativo, exótico. Y esto es fácilmente
cooptable como discurso marginal; ese es el peligro que en forma permanente
estoy esquivando. Pero no creo que resulte tan fácil asimilarme
en el kárdex de lo "políticamente correcto". Hay
un reflejo mío que siempre me descalabra en el ascenso a la fama.
Tal vez, un zaz con triple zeta, un flato a destiempo que deviene fleto,
una arcada inevitable frente al rostro apolítico del animador de
TV, una traición a mansalva que hace decir a los productores: viste,
yo te dije que a este tipo no había que invitarlo porque muerde
la mano de quien le da de comer. Y esa construcción cultural me
fascina, como discurso del hambre resentida.
¿No temes convertirte en un estereotipo?
Desde las Yeguas del Apocalipsis trabajo con los estereotipos. ¿Por
qué el de escritor va a ser más perseguido que el de físico
culturista o el de la cajera del metro? El estereotipo sirve para enrostrar
los vacíos. La telaraña de escándalo que siempre
tejen a mi alrededor tiene que ver con una actitud mía de incitar
esa alergia. ¿Por qué la sociedad chilena tiene que ser
beige, cafecito claro, que no se note la mugre? Dicen: "Está
bien que seas homosexual, pero que no se te note". ¿Cómo
a un macho se le evidencia hasta en el desodorante after shave?
Se acepta el gay profesional, gay televisivo, gay farandulesco, gay de
gimnasio; pero la loca triste, evidente y furiosa de la población
sigue siendo estigmatizada. Por otro lado, no creo que tenga que haber
un barrio gay. De hecho, a mí los lugares demasiado gays me dan
un poco de alergia. A mí me gusta la cosa más contaminada,
con mujeres, jóvenes y viejos. No sé por qué lo gay
siempre tiene que ser joven. Esas son categorías conservadoras,
un poco segregacionistas con las que nunca he estado de acuerdo. Creo
que lo homosexual, hasta cierto punto, no existe; como tampoco la heterosexualidad.
Para mí existe la sexualidad dispuesta a colorearse en cualquier
corazón que le brinde la tibieza de su ala.
Enseñabas arte en un liceo. ¿En qué momento
decidiste que querías escribir; que ésa era tu forma natural
de expresión?
Lo decidí cuando me pagaron la primer crónica que publiqué
en la revista Página Abierta, a fines de la dictadura.
Para los pobres, esto de escribir no tiene que ver con la inspiración
azul de la letra volada: más bien lo define e impulsa el estruje
de la supervivencia. No creo en una forma natural de la expresión.
No nací con una estrella en la frente, como dice Violeta Parra.
Antes y después, ¿por qué eligiste hacer performance,
radio, video, etcétera? ¿Hay una decisión política
detrás de la elección de cada material?
Para mí siempre hay una decisión política que detona
la puesta en escena de mis irrupciones en el campo cultural. Es más,
los géneros -escritura, visualidad, activismo- se contaminan de
acuerdo a la pulsión de mis afectos y resentimientos. Por otro
lado, lo performativo de mi trayectoria político-cultural existió
siempre, lo coliza se me notaba desde el satélite. Siempre fui
un cuerpo notorio en su deseante sexualidad transversal. Nunca salí
del closet; en mi casa humilde no había ni ropero.
Es interesante tu crítica al modelo de gay que se acomoda al
poder, el homosexual que "acuña su emancipación a la
sombra del capitalismo victorioso". ¿Alguna vez pensaste que
ser gay o ser travesti podían ser en sí mismas formas de
resistencia?
Te aclaro que lo gay no es sinónimo de travesti, marica, trolo,
camiona, marimacho o transgénero. Estos últimos flujos del
desbande sexual aparecen encintados como multitudes queer después
de que lo gay obtuvo su conservador reconocimiento. Quizá son estas
categorías las que pueden alterar el itinerario de los azahares
gay tan cómodos en el status de la legalización. Nunca fui
tan ingenuo ni tan iluso como para jactarme de que la elección
erótica me convertía en la condesa de la resistencia, siempre
supe que existía la homosexualidad fascista y burguesa ahorcada
en la corbata de su auto-represión.
Carlos Monsiváis escribió que la tuya es una literatura
"de la ira reinvidicatoria". ¿Es la literatura un arma
política que pueda oponerse a la realidad y crear una realidad
nueva?
Algo de eso ocurre con ciertos libros, lentamente: a la larga algunos
discursos sedimentan transformaciones. Aunque la biblioteca de Alejandría
nunca fue un efectivo polvorín. No basta con la letra ni con rezar.
Hay que potenciar otras formas de activismo desmantelador. Hay que pensar
que en Latinoamérica la escritura se introdujo a sangre y fuego,
y ese residuo de violencia aún se resiste a ser leído con
letrada domesticación.
¿En qué quedó hoy toda esa fuerza de oposición
que tuvieron las Yeguas del Apocalipsis?
La irrupción de ese colectivo de arte en el que yo participé,
hoy en día se puede reconocer en nuevas emergencias de la militancia
minoritaria. Guardo un afecto especial por ese activismo, algo ingenuo,
algo romántico, pero de batallante visibilidad. Porque Las Yeguas
no fueron Francisco Casas y Pedro Lemebel, sino un imaginario. La gente
creía que éramos miles. Decían allá vienen
Las Yeguas del Apocalipsis, a esconderse.
¿Podrían cabalgar Las Yeguas en el panorama cultural
y político actual?
Las Yeguas del Apocalipsis fueron un imaginario libertino y pagano que
transitó en el paisaje alambrado de los ochenta. Es difícil
imaginarlas en la cultura mall o en la tontera humorística
del Chile actual. Con Francisco Casas nos detuvimos cuando llegó
la democracia: un poco a reflexionar sobre nuestro trabajo, otro poco
a cachar lo que se venía, siempre con la sospecha como arma de
lectura. No nos dio para seguir poniendo el cuerpo como soporte de discurso
en el Chile neoliberal. La gente perdió la capacidad de leer más
finamente los gestos políticos. Actualmente, Francisco vive en
México y hace videos, y yo, aquí, escribo. En 1997 fuimos
invitados a la Bienal de Arte de La Habana y a Nueva York a un evento
de performance. También tenemos varias invitaciones al extranjero.
Mientras tanto, Chile, en su modorra exitista, puede esperar.
¿Seguirán trabajando el escándalo?
El escándalo está masificado. El desacato cultural ahora
lo hacen evento comercializable. Eso no me interesa, no es político.
Para referirte a tus personajes usas nombres como "loca",
"coliza" o "indio", ¿por qué?
Me han preguntado por qué muestro solamente el lugar estereotipado
de la homosexualidad o del pobre. Pero no hago el chiste del pobre piojoso,
que hace el humorista de la TV. ¿Acaso no hay un estereotipo del
burgués, del gay gringo, de polerita blanca, con arito, musculoso?
¿Por qué mis estereotipos van a tener menos validez? Si
estamos en una sociedad que trafica caricaturas, ¿por qué
no puedo metaforizar estas caricaturas y alumbrarlas de imaginación?
¿No temes ofender a esos débiles?
Nunca hablo por ellos. Tomo prestada una voz, soy una especie de ventrílocuo
de esos personajes. Pero también soy yo: soy pobre, homosexual,
tengo un devenir mujer y lo dejo transitar en mi escritura. Le doy el
espacio que le niega la sociedad, sobre todo a los personajes más
estigmatizados de la homosexualidad, como los travestis.
Tus personajes se mueven por el deseo, ¿qué rol le
asignas?
En una ciudad alambrada de prejuicios, acartonada, vigilada, el deseo
burla la vigilancia. Anida en lugares de penumbra, como parques, algunos
cines, los baños turcos. El deseo es necesario para que respire
la ciudad. Hay que soltar algunas perversiones y obscenidades, para sobrevivir.
Llenos de cámaras, de micrófonos, de policías a caballo
y en moto, aun así se permean deseos subterráneos, que la
ciudad necesita y merece para resistir el estrés paranoico del
neoliberalismo.
Antes, Pedro Lemebel tenía un papel más público.
¿Hoy apuesta por algo más individual?
Soy un poco reticente a la farra neoliberal post dictadura, pero sigo
apostando a los mismos delirios. Estoy abierto a las insospechadas fracturas
que se pueden producir en la coraza del poder. Son fisuras que se erosionan
con la gotera incansable del enamorado del desacato.
Estás por la defensa de las minorías. Esas minorías,
¿tienen cabida en el panorama cultural de hoy?
Para hablar de minorías hay que entender que no se refiere a una
suma matemática, sino a un asunto con el poder. Así, las
mujeres, los homosexuales, las lesbianas, los jóvenes, los viejos
o los pueblos originarios son minorías. Aunque sean una multitud
frente a un solo hombre armado. Pero yo no hablo por ellos. Las minorías
tienen que hablar por sí mismas. Yo sólo ejecuto en la escritura
esa suerte de ventriloquía amorosa, que niega el yo, produciendo
un vacío deslenguado de mil hablas. Este sistema exhibe a veces
a las minorías en el marco cristiano de la piedad, como para decir
desde la superioridad hetero, blanca, occidental, que "es bueno que
aparezcan estas escorias, somos tolerantes, es políticamente correcto".
Siempre me ha llamado la atención que convives en dos mundos
opuestos, o al menos distantes, especialmente en una sociedad como la
chilena. Por un lado, perteneces a cierta élite intelectual vanguardista,
y por otro, perteneces al mundo marginal, proletario. ¿Cómo
conviven esos dos mundos en ti? ¿Desde qué lugar escribes?
Escribo desde una territorialidad movediza, tránsfuga; de alguna
manera lo que hacen mis textos es piratear contenidos que tienen una raigambre
más popular para hacerlos transitar en otros medios donde el libro
es un producto sofisticado. Así, por ejemplo, mis crónicas,
antes de ser publicadas en libros, son difundidas en revistas o en diarios.
Era lo que antes hacía en Página Abierta, que era
un medio con una llegada bastante masiva. Lo mismo hago en la radio, de
alguna forma panfleteo estos contenidos a través de la oralidad,
para que no tengan esa difusión tan sectaria, tan propia de la
llamada crítica cultural o de los ámbitos académicos.
En mí hay una intención conciente de hacer transitar mis
textos por lugares donde el pensamiento no es sólo para paladares
difíciles, finos. Antes de entrar en la crónica tuve mucha
relación con la poesía, con los poetas. Uno de los detonantes
afectivos, emotivos, más importantes para mí fue Nestor
Perlongher. Con él encontré complejidades políticas,
un lenguaje completo y complejo pero rico en fisuras. Creo que tuve un
enamoramiento con él. Yo tuve con él primero un enganche
como poeta más que con su trabajo crítico, específicamente
con Cadáveres que es un poema grandioso, grandioso. Después
vinieron sus textos teóricos.
En relación con tus lenguajes de expresión, ¿cómo
conviven los distintos lenguajes que has manejado? Primero estuvo tu proyecto
con las Yeguas del Apocalipsis que se inserta en una línea estética,
corporal; luego tu trabajo narrativo con los libros de crónicas,
y ahora incursionas en la oralidad con el programa Cancionero en la radio
Tierra.
Conviven absolutamente. Por ejemplo, el trabajo de las Yeguas del Apocalipsis
tenía mucho que ver con la escritura, con la inscripción
de un tema no tocado en el país como era la homosexualidad en ese
tiempo, en los albores de la democracia. Fue una inscripción de
ese tema, y todo nuestro trabajo tenía que ver con la escritura,
ya fuera con los nombres de las personas, o con cierta conceptualización.
Además, teníamos una relación muy fuerte con los
textos de poetas y escritoras, como Carmen Berenguer y Diamela Eltit.
Las Yeguas ... fue en cierta forma un ejercicio para llegar a la escritura,
para hacer de esa exposición corporal un registro que estuviera
abierto a lo escritural. Lo que ahora hago tiene más que ver con
lo auditivo que con lo visual, está en relación con lo oral.
El susurro escritural es más sugerente y más femenino, en
ese sentido los discursos emancipatorios tienen que ver con mis alianzas,
y con mis interlocutores, que en su mayoría son mujeres.
¿Esta filiación del mundo gay al mundo de la mujer,
hace que el movimiento homosexual sea menos autónomo en sus políticas
y definiciones?
Primero, el mundo homosexual es un universo enorme lleno de matices. Yo
te podría hablar nada más desde el mariconaje guerrero que
practico. No todas las homosexualidades tienen que ver con este discurso.
Existe una homosexualidad gay, blanca, apolínea, que se adosa al
poder por conveniencia. En ese sentido hay minorías dentro de las
minorías, lugares que son triplemente segregados como lo es el
travestismo. No el trasvestismo del show que ocupa su lugar en el circo
de las comunicaciones, sino el trasvestismo prostibular. El que se juega
en la calle, el que se juega al filo de la calle, ese es segregado dentro
del mundo gay, o también son segregados los homosexuales más
evidentes en este mundo masculino.
Tu ojo es muy certero para retratar distintos mundos, élites,
clases populares, minorías, poderosos. ¿Cómo es la
técnica del Pedro Lemebel como cronista para registrar esas distintas
realidades?
Me baso en la polarización de temas, un resentimiento latente tiene
que ver con cierto blanqueo que ha habido en Chile. Hay términos
vedados como proletariado, burguesía; nadie es pobre en Chile.
La ropa americana tendió a homogeneizar la facha. Frente al blanqueo
de los temas confrontacionales, yo rescato la confrontación, la
indignidad de asumirse como asalariado. Frente a todo ese populismo chileno,
el objetivo de mi último libro, De Perlas y Cicatrices,
fue reflotar esa confrontación social política desde el
género. Porque "la loca" no es real, es más bien
una metáfora sobre la homosexualidad y la feminidad. Por eso nos
hicimos llamar Yeguas…, como un gesto de enorme cariño hacia
esa feminidad castigada desde el encanto tercermundista.
Escribes una peculiar forma de crónica, una fusión de
hechos reales y de ficción, ¿Cómo se articula tu
proyecto en este género?
Yo antes escribía cuentos, pero no sé, encuentro un poco
tramposa la ficción. Llegó un momento en que el cuento no
se ajustaba a mis necesidades de realidad, de denuncia, de biografía,
y la crónica me vino como anillo al dedo. Ahora estoy un poco de
vuelta pero no a la ficción porque hay una pasada biográfica
de esos sucesos que ya ocurrieron. En lo mío siempre hay un anclaje
en la realidad. Por ejemplo, en el atentado a Pinochet por parte del Frente
Manuel Rodríguez hay una pasada biográfica y amorosa. Pensé
que a mi obra le hacía falta una potente historia de amor, y de
esa forma cruzo en Tengo miedo torero el zizaguear de la loca
con la historia de la dictadura. Cruzo amor y metralletas.
Ante la reedición de Loco Afán (Crónicas
de Sidario) por la editorial Anagrama, qué responderías
al temor que puede despertar entre tus lectores que tu inserción
en una megaeditorial pueda desarmar la visión crítica y
minoritaria de Pedro Lemebel.
No tengo muy claras las consecuencias de todo esto, puede ser porque siempre
he publicado en editoriales pequeñas. Ahora evidentemente estoy
conciente de que me encuentro en un lugar peligroso: en qué momento
esta perspectiva denunciante, batallante va a ser desencontrada o va a
encontrar una fórmula cómoda y conservadora. Es un momento
difícil para mí, y tengo que pensarlo muy bien, cómo
entro, cómo cruzo fronteras y logro salir sin ser detectado. Yo
creo que la estrategia contrabandista sigue, permanecer con cierta dignidad
en estos juegos y transacciones de mi producción literaria. Es
difícil pero a la vez me puede ofrecer un pasar tranquilo al publicar
en estas grandes casas editoriales. Por qué no, por qué
debo quedarme en la marginalidad y podrirme ahí. Pareciera que
el sistema te deja en ese rincón. Por eso quiero cruzar fronteras
culturales, de género. Incluso la crónica que escribo es
un cruzar de fronteras, del periodismo, la canción, el panfleto.
De alguna forma me he entrenado en escabullir los mecanismos del poder.
¿Pasar de la crónica a la novela en Tengo miedo torero
fue un desafío autoimpuesto o una necesidad literaria?
Había un desafío. Escribir una novela es, de alguna manera,
concentrar una idea de mundo en un libro. Yo tenía ese desafío,
si no obsesión, por una escritura con un respiro más largo,
lo que no significa que vaya a seguir escribiendo solamente novelas. Esta
novela tiene una fuerte dosis de humor, y está escrita por un narrador
un poco omnisciente y un poco protagonista, lo cual genera una confusión,
un claroscuro impreciso que me parecía muy atractivo. Fue casi
como escribir un guión cinematográfico, porque la historia
tiene un permanente deslizamiento, un viaje constante en pos de una utopía
o de una ilusión, lo cual arma un texto movedizo, en fuga.
¿Cuánto de autobiográfico hay en el protagonista,
esa Loca del Frente que ama al ritmo de la música popular?
Bueno, cuando hago transitar a la Loca no es que yo me crea la Loca o
me crea la Evita Perón de las locas. Uno siempre hace transitar
un otro imaginario, una subjetividad oblicua, dislocada del patrón
macho. Ese zigzagueo del pensamiento, esa forma de teatralizar cada momento
íntimo que tiene la Loca con el chico del Frente, también
es una puesta en escena teatral. Ahora, ella se maneja con clichés
porque es el único referente amoroso que maneja. En ese homosexual
tan cándido, y en otros sentidos tan obsceno, se juntan lo pagano
y lo casi místico del amor por un heterosexual que sólo
lo deja mirarlo y que, cuando lo toca, lo hace como amigo, como compañero
de izquierda.
¿Qué fondo real tiene la historia? ¿Hubo "locas"
que colaboraron con el Frente Patriótico, por ejemplo?
Varias, pero en ese momento era muy difícil conciliar el asunto
homosexual con la izquierda. Era complicado, pero aun así se dieron
casos en que la homosexualidad puso su corazón en la lucha por
la democracia, aunque fuera disfrazada bajo las barbas o bajo algún
poncho. No voy a contar aquí el final, pero también pensé
en otro desenlace. Nunca trágico o criminal para el homosexual
enamorado. Evité ese cliché homofóbico donde siempre
muere la loca. ¿Por qué siempre existe un afán por
verlos desangrados, si no por el SIDA por crímenes a mansalva?
Creo que allí hay cierta proyección misógina de quien
escribe. El final es predecible en aquel tiempo y en este país
de hipócritas renovados. Ahora, el viaje a Cuba "que no fue"
no es una decepción anticubana por parte de la Loca. Jamás
habría usado esa propaganda gusana que a Reinaldo Arenas le quedaba
tan bien. Por Cuba tengo un gran amor. El calvario literario de Arenas
pasa por el uso de esta biografía, pero en Chile cualquier homosexual
sabe de estas agresiones, e incluso del crimen impune que acecha al deseo
homosexual. Lo que los lectores de Arenas olvidan es que a la loca no
la mató la revolución, sino el sida.
Siguiendo con el desenlace, ¿coincide en que la Loca del Frente
y Carlos se van construyendo en el relato hasta hacerse complementarios?
En el juego de las emociones el amor imposible de un chico hétero
y de una loca vieja finalmente los coloca en el mismo territorio. Es la
misma decepción la que los despide, es la misma frustración
del atentado, del amor que no dio futuro, ¿qué más?
No conozco el amor correspondido, tal vez por eso el final me salió
del alma.
Puig y El beso de la mujer araña, o Senel Paz y Fresa
y chocolate, pueden ser antecedentes literarios más recientes
para ubicar la relación entre el travestí y el guerrillero,
entre Carlos y la Loca del Frente. Sin embargo, nuevamente es tu escritura
la que hace la diferencia: más subversiva que el amor entre ambos,
más explosiva que las bombas que se lanzan en estos tiempos.
Puede ser, creo que es fundamentalmente en la parodia del dictador y su
mujer, allí la historia del romance guerrillero-marica se duplica,
se politiza ampliando su espectro tensional un poco cliché del
macho izquierdista y la loca enamorada del revolucionario. También
hay un contexto político-cultural que retrata una época
donde un país anestesiado de bombas lacrimógenas soñaba
oxígeno y futuro. Pero inevitablemente los dos referentes de Puig
y Senel Paz esbozan un prediseño de mi novela, así como
también creo que el lenguaje en que está escrita aporta
algunos tics barrocos a la geografía maricucha y literaria del
continente.
Volvamos al libro, la Loca del Frente, ese travesti que se enamora y sabe
que arriesga la vida en ese amor..., que sospecha que la usan pero que
junto a sus manteles bordados para las señoras de militares no
vacila en ocultar las armas... ¿Es sólo una persona enamorada?
Más que un personaje, la Loca del Frente quisiera ser un imaginario
homosexual algo anticuado y fósil de la subjetividad coliza. Por
eso no tiene nombre, porque en ella se agolpan todos los nombres del travestismo
o del folclor maripozón. Es una contradicción como estereotipo.
Por un lado, arriesgada a toda pólvora, pero por amor, o calentura,
no se bien. Por otro, es una pluma en el vendaval del atentado. No quise
personificarla demasiado, precisamente para repartir su gran capacidad
amatoria o deseante.
Pero me llama la atención el personaje que construyes en Carlos,
porque el arquetipo de un guerrillero no es precisamente su lado tierno
o su ausencia de prejuicios de macho frente a un travestí. ¿No
hay una mirada más bien utópica de Lemebel? ¿Acaso
no has sufrido en carne propia la agresión de los machos de izquierda
que te gritan maricón?
Tienes razón en parte, siempre es utópica y colorida la
mirada enamorada del homosexual sobre el chico hetero. Pero él
no es el típico macho militante de izquierda. En parte, se permite
el vértigo seductor de la loca, hace un paréntesis en su
aguerrida misión y se deja embaucar por el teatro exagerado del
homosexual. Carlos es tremendamente tierno en su trato con la loca, es
inmensamente fino y, al parecer, ese es el punto de encuentro de los dos
aunque a la marica le moleste que sea un chico educado y universitario.
Tal vez porque los chicos universitarios sólo practican la tolerancia
y rechazan la lujuria.
¿Esa suerte de idealización de la relación entre
el homosexual y el guerrillero no tiene que ver con la influencia de Gladys
Marín, con quien tenías una gran amistad?
La relación del homosexual y el guerrillero nunca es tan pacífica,
la tensión está en ese sexo urgido que no ocurre o que está
a punto de ocurrir si sale bien el atentado y poder celebrar a toda cacha
caliente. Además, no tiene que ver con mi amistad con la Gladucha
porque ya tenía escrito el libro cuando nos conocimos.
Esta entrevista imaginaria fue hilvanada con fragmentos de las siguientes
conversaciones reales: "Es necesario liberar algunas perversiones",
de Andrés Gómez B.; "La yegua silenciada", de
Maureen Schaffer; "Pedro Lemebel: El Cronista de los Márgenes",
de Andrea Jeftanovic; "El Baile de Máscaras de Pedro Lemebel",
de Iván Quezada; "El largo bolero de Pedro Lemebel",
de Angélica Rivera F.; "El Gusto por la Otredad", de
Carolina Andonie Dracos; "Pedro Lemebel y la loca del Frente",
de Faride Zerán; "O escribo o me enamoro", de Jorge Gómez
Lizana; "La rabia es la tinta de mi escritura", de Flavia Costa,
y "Juego de máscaras", de Álvaro Matus.
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