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Su cintura es a
mi cintura gemela en su desgaste, diversa en su medida. En todo caso
irreductible, su cintura se establece provocadora al demarcar zonas
erógenas en el balanceo que da cabida al torso y al desplazamiento
de los muslos. Pero nadie podría descubrir allí ninguna
forma de belleza porque su cintura es connotada por su amorfidad, nada
hay en ella que solace la mirada o que la detenga en ese punto y al
no proponer el vuelo de la imaginaría, su cintura permanece como
la mía inexplorada.
Su cintura es a
la mía gemela en su inexistencia.
Su cintura es un punto definitivo de abandono.
Su cintura es la penitenciaría/ es el éxtasis del final.
Su cintura es gemela a la mía en la pertinaz insistencia
en esta vida, es marginación.
Su cintura ¡ay su cintura! Es gemela a la mía en la transparencia
al alma.
Su alma es material.
Su alma es establecerse en un banco de la plaza y elegir como único
paisaje verdadero el falsificado de esa misma plaza.
Su alma es cerrar los ojos cuando vienen los pensamientos y reabrirlos
hacia el césped.
Su alma es este mundo y nada más en la plaza encendida.
Su alma es ser L. Iluminada y ofrecerse como otra.
Su alma es no llamarse diamela eltit/ sábanas blancas/
cadáver.
Su alma es a la mía gemela.
POR
LA PATRIA
Hace todos los días
que no te veo y sufro mucho y me revuelco mucho con el primero que encuentro.
No encuentro como comunicarme contigo y por eso acudo a las palabras
por si pudieras soslayar el analfabeto y actuar de alguna manera y eficaz.
Porque cuando hace todos los días que no te veo, ya no te puedo
disculpar de manera alguna, ni aunque te sangraran las rodillas, las
narices y la boca de pedir perdón a mí, yo me abriría
de nuevo para mostrarte abajo lo tupida que estoy. No me quejo de todo,
porque te has perdido cosas lindas aquí; el honor, el orgullo
y el hábito que cada día nos apunten, como si de nosotros,
por nosotros no más, estuviera de acabo el mundo. La maldad nuestra
es ahora inconmensurable.
EL
CUARTO MUNDO
Un 7 de abril mi
madre amaneció afiebrada. Sudorosa y extenuada entre las sábanas,
se acercó penosamente hasta mi padre, esperando de él
algún tipo de asistencia. Mi padre, de manera inexplicable y
sin el menor escrúpulo, la tomó, obligándola a
secundarlo en sus caprichos. Se mostró torpe y dilatado, parecía
a punto de desistir, pero luego recomenzaba atacado por un fuerte impulso
pasional.
La fiebre volvía
extraordinariamente ingrávida a mi madre. Su cuerpo estaba librado
al cansancio y a una laxitud exasperante. No hubo palabras. Mi padre
la dominaba con sus movimientos que ella se limitaba a seguir de modo
instintivo y desmañado.
Después,
cuando todo terminó, mi madre se distendió entre las sábanas,
durmiéndose casi de inmediato. Tuvo un sueño plagado de
terrores femeninos.
Ese 7 de abril fui
engendrado en medio de la fiebre de mi madre y debí compartir
su sueño. Sufrí la terrible acometida de los terrores
femeninos.
EL
PADRE MIO
El Padre Mío
es el que da las órdenes para eso, pero yo no soy cómplice
con él, ya que está esperando la usurpación bancaria
para que no queden atenuantes y quedarse con las garantías bancarias
de los Ilustrísimas que representan esos cargos de concesión
de las contribuciones generales de la Administración del país.
Si ustedes me hacen el servicio de lo que yo necesito para hacer mis
diligencias, ya que puedo solucionarles esa solución. Pero a
mí me planearon por asesinato y enfermo mental y se pagó
un dinero importante por mi persona, pero no en complicidad. Porque
yo fui planeado por asesinato y enfermo mental y depravado por el trago
en la locución, en los periódicos, en la Comisaría,
en el Juzgado, en el Open Door y en el Siquiátrico, donde me
dejaron cómplices influyentes, por lo que está planeado
una vez más. Pero yo puedo solucinarles eso. Tienen que conseguirme
el medicamento para el procedimiento del ilusionismo, para las indicaciones
de quiénes son los Ilustrísimas que representan los cargos
de las garantías. Las representa el Padre Mío que es el
señor Luengo que es diputado y senador, cómplice una vez
más para la usurpación que viene al mundo. Tienen ustedes
que hacer ese servicio, ya que me volví a escapar, una vez más,
de la mortandad. Porque yo antes tuve un atentado por estos asuntos:
yo fui atropellado y chocado en tres oportunidades, y escapé
de morir triturado. Ignoraba lo que estaba relacionado con el Padre
Mío, porque fui planeado en ese tiempo para ser asesinado y volví
a ser planeado por lo que le estoy conversando a usted yo. Pero debería
servir de testimonio yo.
EL
INFARTO DEL ALMA
Te escribo:
Nunca hube de encontrar
una sola palabra que te retuviera. Mi espalda es la que me infama todo
el tiempo. Mi mano me obedeció con brusquedad, mis ojos se nublaron
con sólo contemplarte. El barrio se hizo tosco cuando recibió
tus pasos. Una pálida vidente me dijo que el abandono regía
el simulacro de mis días. La vidente atravesó la calle
arrastrando un ruidoso sonajero de plata. Desprecié sus augurios
pues nunca he estado más acompañada desde que habito tu
imagen. Camino como si no caminara, vivo como si la vida no me perteneciera.
La vidente actuó con la mala fe de tus adoradoras pues quiso
convencerme de que la imagen que tengo es la prueba de mi antagonismo
a la realidad que te nombra. Me han culpado de cometer siniestros desmanes.
Me acusan de intentar detener el curso de tu gloria. Me dicen que me
abrumo en la ceguera de un amor que augura la catástrofe. Tus
parientes son los responsables de todas las murmuraciones. La vidente,
era, quizás, tu madre o tu esposa o tu sometida sierva. La vidente
me interceptó en plena calle y pretendió dirigir mis ojos
hacia un mundo que odio. El único mundo posible es aquel que
comparto contigo. Mi piel pierde el sentido si no la califica tu mano.
¿Qué podría hacer en una casa vacía?
LOS
VIGILANTES
Amanece mientras
escribo. La luminosidad se deja caer sobre el muro contra el que estoy
apoyando mi espalda. Hoy amanece y amanece en esta calle, debido a la
poderosa actividad apática de la naturaleza que sólo sabe
repetir la monotonía de sus propios rictus. Después del
amanecer, el día y la caída del día y la enorme
dificultad de la caída del día. La criatura sigue embelesada
en el movimiento de la luz. Se ríe en medio de la luz. ¿Encontraré
otro muro en el cual puedo apoyar mi espalda? Es necesario que lo intente.
Pero la criatura, que está enajenada con la luz, parece no querer
moverse.
(Sólo puedo
escribir ahora en los instantes exactos en que se produce el amanecer).
La criatura sigue
ensimismada. Encontraré una forma para conmoverla. Ya hace mucho
que caminamos errantes, actuando un nomadismo pobre. Y el hambre. El
hambre que arrastramos por todas partes durante este largo, incontable
tiempo. Alguien me interrogó con brusquedad cuando ya había
anochecido. Y yo, tímida, le respondí con una gran cautela:
- "Sí
esta criatura me pertenece. Sí, sí, mi nombre es Margarita,
no sé ni cuántos años tengo".
LOS
TRABAJADORES DE LA MUERTE
Tomas la ruta, retrocedes
en el tiempo, ciegamente avanzas hacia múltiples, antiquísimas
épocas. Abandonas este Santiago absurdo, asimétrico, y
enfilas por la carretera, aliviado de saber que finalmente te diriges
a la ciudad de Concepción. Pero lo que no puedes saber, lo que
no quieres saber es que, en realidad, el nombre del lugar te conducirá
hasta una trampa porque estás viajando hasta el origen. Hacia
tu propio origen. No adviertes que te vas en picada por el centro del
drama y del delirio.
No sabes, no quieres,
no puedes adivinar que eres la víctima activa de un secreto que
ya hace mucho te arruinó la vida. Más atrás, a
tu espalda, encaramado sobre una roca, un Oráculo senil y desdentado
se ríe a carcajadas. Tu madre, desvelada y convertida en una
prófuga, se da vueltas en su cama convulsionada entre el rencor
y los recuerdos. El esqueleto de su padre experimenta una leve pulverización
en el borde superior de otro de sus huesos. Su tumba en Concepción
está desierta. La carretera en esta hora se vuelve opaca. Más
opaca que tú que, para tu mal, ya eres opaco.
MANO
DE OBRA
La naturaleza del
súper es el magistral escenario que auspicia la mordida. Oh,
sí, los pasillos y su huella laberíntica, la irritación
que provoca el exceso (de mercaderías por supuesto), los incontables
árboles (artificiales pues) con sus luces inocuas. La música
emblemática y serial. Un conjunto armónico de luces (de
colores) correctamente conectadas a sus circuitos actuando de trasfondo
para abrir el necesario apetito que requiere la fiera. Y aquí
estoy yo, en plenitud, protagonizando el espectáculo intransable
de las horas.
14 o 16 horas en
que me apego a esta, mi segunda casa, con los pies casi completamente
destrozados. Y los brazos. Cargo no sé que porcentaje ya de toneladas,
digo, el azúcar, los tarros, las bebidas. Y los chocolates. El
pan cargo. Cargo mi ira, mi odio mi miseria. Cargo con todo. Estoy abajo,
en pleno ruedo mientras el animal maúlla su apetito. No es cruel
en realidad. Sólo la mueve la invasión de un tipo de hambre
externa e insaciable. Un apetito ultra estimulado por el reflejo estrepitoso
de las luces. Hoy se precipita la masa compradora convencida por la
ilusión de un bosque inscrito en el falso ramaje de los fugaces
arbolitos.
16 horas. Continuadas.
16 horas cronométicas.
Como un inamovible
enfermo terminal permanezco conectado artificialmente a mi horario.
Quizás demasiado pálido, posiblemente en algo tembloroso,
pero ¡vamos! atento, cordial, empecinado en la sonrisa para cubrir
las horas que me restan. Ya no habito dentro de mi mismo. Estoy enteramente
afuera, dando vueltas. Me doy vueltas y vueltas para cumplir, satisfacer.
¡Qué orgullo laboral!
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