De
EMERGENCIAS. ESCRITOS SOBRE LITERATURA, ARTE Y POLITICA,
selección de ensayos de Diamela Eltit, reproducimos algunas
reflexiones sobre lo que ella misma denomina "una estética
desde la escritura propia"
[D]esde
mi dedicación ya antigua al ejercicio literario, me gustaría
esbozar aquí algunos de los pensamientos que me han acompañado
y, más aún, me han sostenido en estos años en
los que escribir y generar libros ha sido la actividad compleja que
ha marcado mi tiempo. Hablando desde una perspectiva estrictamente
personal, lo literario tiene para mí un doble sentido, por
una parte un aspecto lúdico relacionado con la combinatoria
arriesgada de los códigos lingüísticos y sus impactos
estéticos y, por otra la presencia ceremonial e íntima
de la escritura como zona de incertidumbre, de suspenso y de riesgo
en el empeño por la construcción nómada de sentidos
sociales.
Me interesa y me sigue apasionando la ambigüedad que se puede
generar a través de los sentidos literarios, esa apertura que
algunos libros presentan quebrando lo monolítico del relato
acabado. Me reconozco seducida por ciertos microrelatos que atraen
sobre sí innumerables gestos, rictus y simulacros estéticos,
y que permiten la circulación rebelde de fragmentos estratégicos
oprimidos por las culturas oficiales. El campo de trabajo literario
que me convoca, en tanto productora y lectora, contempla la fragmentariedad
y la superposición de hablas, contempla aun lo inacabado como
estrategia narrativa y, a manera de una metáfora, quiero decir
que contempla incluso la estrategia de la estrategia como escenario
de escritura, en un acto de liberación de los sentidos y de
protección contra la ideologización de la literatura.
Por supuesto, pienso lo literario como un campo múltiple de
opciones y prácticas, soy una incondicional admiradora de la
gran tradición literaria en lengua española, especialmente
la literatura medieval y el impresionante barroco y, a la vez, me
siento relacionada con aquellas literaturas en las que lenguaje y
sentido comparten un espacio privilegiado de despliegue y repliegue,
en un juego no exento de opacidad y misterio. Pienso en el lector.
Siento al lector como una cifra cómplice del texto, como un
operador de la tarea de desentrañamiento, quiero decir, el
acto de leer no puedo imaginarlo como una aventura en que lo más
importante es aventurar y aventurar y aventurarse.
En este sentido es que pienso también en el hacer literario
como un campo político privilegiado de la escritura, como otra
aventura múltiple e irreductible donde lo que está en
la mira, en el microscopio textual, son los poderes de las estéticas
y sus relaciones con la virtualidad social, ya en desacato, ya en
armonía. Después de tantos años me sigue deslumbrando
el poder estético de la escritura literaria, esa conmoción
que generan sus signos, sentidos e imágenes y la capacidad
de iluminar percepciones, sensaciones, pensamientos enteros.
Sé que mi opción literaria conlleva algunos riesgos
y puede generar, en algún lugar, un cierto malentendido, no
obstante me gustaría enfatizar el hecho de que más allá
de cualquier discurso, más allá de este mismo discurso
está viva y en curso mi batalla por escribir, esta larga batalla
por el sentido, por establecer, desde las orillas que he escogido,
una porción de sentido.
Continúo absorta en el empeño por escribir, por mantener
una mirada vigilante y autocrítica sobre mis libros porque
considero que soy habitada por una artesana que debe revisar en cada
oportunidad sus técnicas, una narradora que escribe en mí
y que más que respuestas mantiene preguntas, más que
certezas, dudas y que está abierta a replantearse de principio
a final si un nuevo planteamiento literario se vuelve necesario.
Como escritora sometida a ciertos avatares producto de una cultura
restrictiva, como autora considerada quizás, en parte, conflictiva
quiero resistir el dejarme envolver en catalogaciones que ya me parecen,
por qué no decirlo, inaceptables y sospechosas. Con trabajo
y sólo con un exhaustivo trabajo he ido construyendo a través
de creatividad, estudios y lecturas, algunos saberes móviles
a los cuales no quiero renunciar en aras de un facilismo complaciente.
Aunque, repito, estoy abierta a revisar cada fragmento, cada capítulo,
cada escrito y más allá de las imperfecciones literarias
que me rondan y me desafían, la gran ganancia de estos años
dedicados a la literatura, consiste precisamente en eso, en saber
que el trabajo con las estéticas no es inocente, que lo literario
se sostiene en la modificación crítica de los sentidos,
que el placer de leer está anclado en la problematización
que una obra plantea cuando le toca el imaginario sensible de un lector,
que la pluralidad narrativa descansa en la diversidad.
El
fin de la literatura o, más bien, el fin del libro literario
se convirtió en uno de los presagios sostenidos en la segunda
mitad del siglo XX. El augurio de este fin aludía, especialmente,
a una disputa de prácticas estéticas en donde se señalaba
al libro como como un objeto anacrónico que difícilmente
se mantenía a flote en una época que se volcaba a la
tarea de deshacer y rehacer sus signos culturales.
En
una competencia abierta con la imagen, con la suma alucinante de prácticas
audiovisuales, el libro literario del siglo XX fue valorado por los
macro discursos sociales en tanto portador del sentido y en cuanto
fue capaz de representar la cultura en el interior de una trama social
que se caracterizó por su creciente descultura. El libro, entonces,
ha sido conceptualizado como un espacio conservador, susceptible de
eludir los desbordes producidos por las nuevas sensibilidades regidas
por los objetos frágiles. El libro se presenta, en este panorama,
como la cita de una antigua solidez, como la memoria de una arquitectura
del sentido, como un medio que garantiza el carácter plural
y consistente del lenguaje.
La
cultura del sentido común (sentir lo vivo, sentirse vivo) toca
-cómo no- a la institución literaria obligando a la
industria editorial a auspiciar y promover producciones adecuadas
al nuevo tiempo (que ya contiene los signos de una impresionante antigüedad).
¿Cuáles son los productos literarios adecuados? Simplemente
los que forman parte de los acotados sentidos de un presente, una
literarura que en vez de consumarse se consuma y para que así
suceda, los hilos del mercado exploran inteligentemente trazos (trozos)
posibles entre los centros y las periferias, transformando -fugazmente-
a la periferia en centro: literatura de jóvenes, literatura
de mujeres, literaturas del Este. Para que esta literatura participe
-fugazmente- de la atención de los centros, se le solicita
su engranaje a una problemática especular (la crisis del Este,
por ejemplo, que da sentido a sus autores literarios reprimidos, emigrados,
difuntos), o bien su filiación a una audacia inteligible que
sea capaz de relatar eróticas y remodelar los antiguos discursos.
Rememorar
la emergencia del CADA (Colectivo Acciones de Arte) en el año
1979, puede adquirir, en mi caso, un matiz extremadamente testimonial
por haber sido una de las integrantes de un grupo de arte que dejó
tras de sí un conjunto de materiales que permanecen no oficializados
y esa falta de oficialización constituye -hay que decirlo-
entre otras cosas un riesgo, un mérito, una carencia, un enigma,
un problema.
Me
interesa la parte artesanal que tiene el escribir una novela -quiero
decir; una palabra, otra palabra, esa exacta única palabra,
la página-, la lentitud en la cual se van organizando los sentidos,
una cierta noción del tiempo (durante el tiempo de escritura
se anula mi propia vida, se suspende mi propia muerte), los estadios
entrelazados y paradójicos de creación y de muerte que
se juegan allí, el enfrentarse a cada instante al sentido y
al sinsentido de un hacer tan ambiguo, tan material por otra parte...
en fin.
Todo
esto para decir que escribo solamente porque me gusta, me apasiona
escribir y si me gusta escribir pues escribiré lo que me gusta.
Y por eso, mi única limitación son mis propias limitaciones
que, claro, desgraciadamente, son variadas y constantes.
Como
yo no nací en cuna de oro y me enfrento diariamente a salvar
la subsistencia de mi familia y la mía propia, estoy a perpetuidad
en la vereda de las trabajadoras y porto la disciplina, pero también
la rebeldía legítima y legal de la subordinada social.
Por eso, tal vez, desde mi infancia de barriobajo, vulnerada por crisis
familiares, como hija de mi padre y de sus penurias, estoy abierta
a leer los síntomas del desamparo, sea social, sea mental.
Mi solidaridad política mayor, irrestricta, y hasta épica,
es con esos espacios de desamparo, y mi aspiración es a un
mayor equilibrio social y a la flexibilidad en los aparatos de poder.
Hablando
desde una perspectiva estrictamente personal, lo literario tiene para
mí un doble sentido, por una parte un aspecto lúdico
relacionado con la combinatoria arriesgada de los códigos lingüísticos
y sus impactos estéticos y, por otra la presencia ceremonial
e íntima de la escritura como zona de incertidumbre, de suspenso
y de riesgo en el empeño por la construcción nómada
de sentidos sociales.
Me
interesa y me sigue apasionando la ambigüedad que se puede generar
a través de los sentidos literarios, esa apertura que algunos
libros presentan quebrando lo monolítico del relato acabado.
Me reconozco seducida por ciertos microrrelatos que atraen sobre sí
innumerables gestos, rictus y simulacros estéticos, y que permiten
la circulación rebelde de fragmentos estratégicos oprimidos
por las culturas oficiales. El campo de trabajo literario que me convoca,
en tanto productora y lectora, contempla la fragmentariedad y la superposición
de hablas, contempla aún lo inacabdo como estrategia narrativa
y, a manera de una metáfora, quiero decir que contempla incluso
la estrategia de la estrategia como escenario de escritura, en un
acto de liberación de los sentidos y de protección contra
la ideologización de la literatura.
Por
supuesto, pienso lo literario como un campo múltiple de opciones
y prácticas, soy una incondicional admiradora de la gran tradición
literaria en lengua española, especialmente la literatura medieval
y el impresionante barroco y, a la vez me siento relacionada con aquellas
literaturas en las que lenguaje y sentido comparten un espacio privilegiado
de repliegue, en un juego no exento de opacidad y misterio. Pienso
en el lector. Siento al lector como una cifra cómplice del
texto, como un operador de la tarea de desentrañamiento, quiero
decir, el acto de leer no puedo imaginarlo sino como una aventura
en la que lo más importantes es aventurar y aventurar y aventurarse.
En
este sentido es que pienso también en el hacer literario como
un campo político privilegiado de la escritura, como otra aventura
múltiple e irreductible donde lo que está en la mira,
en el microscopio textual son los poderes de las estéticas
y sus interrelaciones con la virtualidad social, ya en desacato, ya
en armonía. Después de tantos años me sigue deslumbrando
el poder estético de la escritura literaria, esa conmoción
que general sus signos sentidos e imágenes y la capacidad de
iluminar percepciones, sensaciones, pensamientos enteros.