CARMEN FACCINI
Tomando en consideración
recientes investigaciones sobre la situación de la mujer uruguaya
durante la primera modernidad, a la vez que recontextualizándola
en épocas de modernismo y transición, proponemos una
relectura de la poesía de María Eugenia Vaz Ferreira
(1874-1925), con frecuencia excluida del clan Ibarbourou-Agustini-Storni-Mistral
(las poetas de comienzos del siglo XX en el Cono Sur) a pesar de que,
como dice Hugo Verani,
fue, en rigor, la primera mujer
uruguaya con voz lírica inconfundible [...] que poetizó
las ansias de su sexo y planteó el amor como tema literario,
rebeldía (social, sexual) que [...] desembocará en el
lirismo sensual y confesional de Delmira y Juana [...], en una época
de serena rigidez que imponía a la mujer sumisión y
dependencia total e intolerable.1
María Eugenia Vaz Ferreira
–cuyo libro La isla de los cánticos publicó póstumamente
su hermano (el destacado filósofo Carlos Vaz Ferreira) en Montevideo,
en 1925–, igual que sus contemporáneas aunque de forma menos
evidente que Agustini o Storni, se inscribe en los registros modernos
construyendo espacios literarios alternativos para su voz de mujer
que también pugna por emanciparse, en el plano simbólico,
del discurso burgués patriarcal, pacato y moralizante del 900
uruguayo, tanto como del discurso intelectual «oficial»
–que aunque metonímico del social, presenta excepciones como
las de Herrera y Reissig o Roberto de las Carreras.2
Decía Ángel Rama que, como M.E.V.F. «era mujer,
como tenía talento, como vivía indiferente a los prejuicios
del ambiente burgués en que se movía [...], como su
arte a pesar de su novedad no postulaba un rompimiento estético
total [...], fue celebrada y admirada, aceptada aun en sus extravagancias»,
aunque, agrega, «no se deja[b]a seducir por este halago y no
se abandona[b]a a sus ofrecidas facilidades».3 Este relativo
privilegio le permitiría ser vehículo, hasta cierto
punto, de las voces acalladas de aquel imaginario femenino.4 En el
mismo artículo, éste, como otros críticos, alude
a una «retracción [...] para la edición de sus
poesías en libro», que atribuye en parte a su «peculiar
inhibición para la consumación de los actos definitivos,
que tan duramente afectó su vida privada». En relación
con esta conducta, recientes investigaciones acerca del papel de la
mujer uruguaya del 900 permiten concluir que, en pugna con una voluntad
de emancipación, su expresión de modestia respondería,
tanto como su tan mentada castidad, a una actitud de pudor demandada
por la familia burguesa, la Iglesia y la sociedad de la época.
En correspondencia a su amigo y crítico Alberto Nin Frías,
encontramos determinadas «confesiones», reveladoras en
esa dirección. En una de ellas alude a «eso mío
que no sé si llamar crueldad o modestia»; y en otra expresa:
«pensé mandarle versos míos, últimos, muy
lindos –pero no le mando no sé bien por qué, creo que
porque Ud. los va a exteriorizar y yo no quiero, o mejor dicho, no
lo deseo. (Vea si soy humilde (a veces))».5 Como subraya José
Pedro Barrán en su reciente Historia de la sensibilidad en
el Uruguay,
el pudor era un sentimiento
del que se deducían conductas, lenguajes, silencios, diversos
recatos, ya que en lo profundo el pudor derivaba de la culpa, de la
vergüenza ante la desnudez del cuerpo y del alma. El pudor implicaba
la honestidad, es decir, la conducta sexual «casta»; el
recato [...]; y la modestia, que [...] sobre todo atañía
al alma y al encubrimiento de las dotes intelectuales, [...] pues
la mujer «sabihonda» era «varona» y desagradaba
al hombre por querer competir con él.6
Esa fuerte represión
ejercida por familia, sociedad y religión, se insinúa
desde el «Prólogo», donde Carlos Vaz Ferreira afirma
haber «respetado las modificaciones que introdujo [su hermana]
aun en composiciones ya publicadas; hasta las que me consta hizo por
escrúpulos de otro orden que el artístico [...]»
(21). Recurrentemen-te, en La isla... encontramos proyectada dicha
represión, en el subtexto de un discurso de rechazo o resistencia
al vínculo amoroso-erótico. Lo encontramos en «Barcarola
de un escéptico», donde la voz poética confiesa:
«Alma mía, / que la red seca y vacía / no te atreviste
a arrojar» (44); o en «El regreso», donde, en un
apóstrofe a la tierra, revela: «He de volver a ti gloriosamente,
/ triste de orgullos arduos e infecundos, / con la ofrenda vital inmaculada»
(59).7 Según parece, la crítica tradicional no ha reparado
en el impacto que el medio social y religioso tuvo sobre esta poética.
Zum Felde, por ejemplo, se preguntaba si la castidad de M.E.V.F. sería
consecuencia de su orgullo, o respondía «a algún
oculto factor inhibitorio de tipo freudiano».8 El «respeto»
del hermano se manifiesta asimismo en lo que Rama llamó su
«férrea negativa» en autorizar la publicación
de poemas inéditos o dispersos: «[h]abía motivos
sentimentales, se decía: no difundir sus poemas eróticos»,
y «de respeto por la actitud selectiva» de la autora.9
Con todo lo cual su figura giraba en torno al mito en el Montevideo
del 900.
Sin embargo, esta mujer soltera y con pluma, en contraste con el modelo
«casada y con dedal» impuesto por Iglesia y burguesía
en su época (Barrán), postula simultáneamente
–pese a la crítica que privilegia su «espiritualidad»
e «idealismo»–, una voluntad irreverente de emancipación
del discurso patriarcal represor. En el poema «Holocausto»
(61), en versos ambiguos y desafiantes, la voz poética afirma:
«Quebrantaré en tu honra mi vieja rebeldía / si
sabe combatirme la ciencia de tu mano, / [...] // Me volveré
paloma si tu soberbia siente / la garra vencedora del águila
potente.» (Énfasis mío.) Es decir, que sólo
ante el reconocimiento de su potencia de mujer este sujeto se abrirá
al juego de la seducción. En octosílabos lúdicos
y gráficos, expresa su «Serenata» (62): «Alguna
cercana noche / o alguna noche lejana / romperá mi pico el
broche / secreto de tu ventana.» (Énfasis mío.)
Mientras en «Heroica», grita:
Que al erótico influjo
de sus ojos
se empañen los cristales,
la nieve se calcine,
se combustione el seno
virginal de las selvas
y se empenache con ardientes ascuas
el corazón de la rebelde fémina.10 [54. Énfasis
mío.]
Dicha articulación contradiscursiva
encuentra vasos comunicantes con la confrontación a los discursos
sociales y políticos que caracteriza a nuestras literaturas
modernistas desde sus inicios en el último cuarto del siglo
XIX. «Frente a la modernización socioeconómica»,
explica Ivan A. Schulman, «los artistas marginados expresaron
su repudio de los valores [éticamente conservadores, utilitarios,
pragmáticos y mercantilistas] de la burguesía prepotente,
en forma directa en algunos casos [y] en otros, con silencios y vacíos.»11
Para esa sociedad mercantilista, el lenguaje funcionaba como soporte
que garantizaba la comunicación; en cambio, para el poeta socialmente
aislado adquiría una función lúdica. Cabe recordar
cómo el derroche lingüístico de Julio Herrera y
Reissig o Leopoldo Lugones escandalizaba la tacañería
burguesa rioplatense. Y, aunque la experimentación por parte
de algunos modernistas con una imaginería asociada al materialismo
resultara paradójica, había también una intención
subversiva: recuperar del antagonista ideológico esos signos,
desemantizarlos y reimprimirles su valor simbólico original,
en pos de la recuperación de «la belleza ideal».
Quizá en La isla... el poema (publicado inicialmente en La
Razón, de Montevideo, el 23 de marzo de 1908) más representativo
en esta dirección sea la «Oda a la belleza»:
Eres el cauce pródigo
surtidor de armonía,
crisol de místicas depuraciones,
la veta que colora y que sublima
el eterno miraje;
eres la gema augusta
prendida sobre el arca
fértil del universo.
[...]
Eres inaccesible,
eres pasiva y sola,
sencilla y sobrehumana;
no inspiras, no padeces
el dominio imperial de la materia
ni la sensible turbación del alma...
Entre todos los acontecimientos
evoluciones, mitos y teorías,
entre la suficiencia que te alaba
y la diversidad que te interroga,
tú te levantas religiosamente [...] [41-42. Énfasis
míos.]
La estrategia de elaboración
de espacios alternativos –que se perfila desde el título del
poemario– con los cuales remplazar, frente a la imposibilidad de desarticularla
fuera de la literatura, una realidad sociocultural que a nuestra poeta
le resultaría asfixiante, la vinculan asimismo con la estética
y la ideología modernistas. Los poemas nocturnos («Sólo
tú», «Hacia la noche», «Invocación»,
«Fantasía del desvelo»), cósmicos («Ave
celeste»), marinos («Libertaria», «Único
poema», «El cazador y la estrella»), tanto como
de la muerte («El regreso»), constituyen extensos espacios
de libertad en que el protagonista es una voz poética metamorfoseada
en ave, peregrino, náufrago o navegante; y donde se propicia
la fantasía creadora para sustituir esa realidad material asfixiante,
ese «sol meridiano del desierto» («Las quimeras»,
25).
El espacio creativo, metapoético, el «taller» de
M.E.V.F., constituye otro de esos espacios. La palabra con que experimenta
es instrumento de articulación de un discurso alternativo.
El cuerpo (rígido, yermo, muerto: «la estatua mía»,
«la losa de mi tumba viva», «mis áridas llanuras»,
«el parque muerto»), identificable con la página
en blanco, funciona como espacio simbólico donde se ponen en
tensión dos registros antagónicos –los «del ambiguo
cantar», que diría la poeta en «Enmudecer»
(72)–, y que vienen a constituir una variación de los aludidos
más arriba. Uno que entre sensualidad y deseo (fuegos, fluidos)
postula un juego erótico con la palabra poética; otro
que enmascara el deseo en una imaginería mística o sacra.
Ambos se leen como proyección de un imaginario femenino reprimido
no obstante confrontado con el discurso hegemónico moralizante.
Así, en «Resurrección»:
Quiero tenderme en éxtasis
beato
cabe la fuente rítmica del verbo
[...]
Quiero que el surtidor abra sus labios
junto a mi oído religioso y trémulo
y semejante a la fecunda aurora
riegue y flamee sobre el parque muerto
haciendo resonar las arpas mudas
y aromando las rosas del deseo.
Quiero juntar a la sonante boca
mi nebulosa trágica de tedio,
[...]
bajo el rayo inmortal del sacro fuego,
en cánticos de vida y esperanza
mi corazón florecerá de nuevo. [23. Énfasis míos.]
En la misma dirección
que «Resurrección» se orienta «Canto verbal»
(66-67), que Zum Felde ubica entre «poemas en que lo mental
puro, superior y ajeno a todo erotismo [y] aun a todo lo humano, asume
la forma de un idealismo estético absoluto».12 Por el
contrario, la ambigüedad es evidente en este sistema simbólico
que se vale de lo sacro y de lo pasional o erótico dentro del
mismo contexto:
A ti, palabra, mi suprema dea,
tiende sus alas la esperanza mía...
águila errante del desierto humano
[...]
pero si alguna vez mi corazón
abre a la vida su raudal interno,
si se doran mis áridas llanuras
y se pueblan de esquifes mis océanos,
[...]
si gorjean mis pájaros, será
cuando en la entraña de un sacro silencio
sobre la losa de mi tumba viva
choque su llama tu rayo de fuego.13 [Énfasis míos.]
Críticos como Zum Felde
o Verani, aun reconociendo la dificultad, si no la imposibilidad,
de establecer su cronología poética (hecho que constatamos
en Las islas...), consideran tres períodos en la obra de la
uruguaya: uno neorromántico, que fechan entre 1894 y 1899;
uno modernista de 1900 a 1914 (que definen como tal basándose
en el llamado «preciosismo verbal»); y el desarrollo de
una poesía «personal y metafísica» que excluyen
de su poesía modernista y fechan después de 1915.14
Para Ángel Rama, las «dos [primeras] líneas poéticas
coexisten coetáneamente», y desembocan en la vertiente
metafísica.15 Sin embargo, el afán moderno de emancipación
de la tradición estética –neoclásica y neorromántica–
presenta, entre otros signos, el de una experimentación ecléctica,
con múltiples texturas, registros, metros, estilos y lenguajes,
con los cuales (re)construir una identidad artística individual
y nacional –la «búsqueda de una expresión»,
como define Schulman el modernismo–.16 Tal lo que representa La isla...
en su heterogeneidad: la coexistencia de poemas como «Resurrección»,
«Canto verbal» u «Oda a la belleza» –antes
citados–, con otros tan disímiles como «La rima vacua»
(63), cuyas imágenes, articuladas a partir de lo elemental
inmediato, revelan con versos despojados un spleen y un horror vacui
de filiación moderna:
Grito de sapo
llega hasta mí de las nocturnas charcas...
la tierra está borrosa y las estrellas
me han vuelto las espaldas.
Grito de sapo, mueca
de la armonía, sin tono, sin eco,
llega hasta mí de las nocturnas charcas...
La vaciedad de mi profundo
hastío
rima con él el dúo de la nada.
En el libro, póstumo,
preparado por M.E.V.F. al presentir su muerte, conviven por tanto
composiciones representativas del «preciosismo verbal»,
pero también intimistas o metafísicas, cuya exclusión
de su poesía modernista /de transición no se justifica,
si se les consideran vinculadas a una vertiente que se manifiesta
en la obra de otros modernistas –por ejemplo, Martí, Silva
o González Martínez (después de 1911)–.17 Así
lo confirma Ivan A. Schulman: «Las múltiples y contradictorias
direcciones y tensiones del modernismo se incorporan al discurso moderno
con un carácter fundamentalmente anárquico. Por consiguiente
[...] no debe sorprendernos la variedad estilística del verso
modernista».18 Arturo Sergio Visca realiza una invalorable reflexión
testimonial sobre la «complejidad» y la «heterogeneidad»
de la naciente modernidad estética en el Uruguay, en el estudio
introductorio a su Antología de poetas modernistas menores:
se caracteriza por la gran variedad
de tendencias que se entrecruzan y que tan pronto parecen converger
hacia un centro común como partir de un centro común
para diverger bien pronto [...] Todos viven la convicción de
que en esos años en que un siglo muere y otro nace han surgido
un nuevo modo de sentir la vida y una sensibilidad nueva complejísima
y refinada.19
En una dirección que
difiere de la poco nutrida crítica sobre M.E.V.F. nuestra propuesta
es, por tanto, releer esta poética como documento cultural
–cuya tónica relevante es la tensión entre un discurso
espiritual y otro sensual-amatorio-erótico, que por momentos
derriba las máscaras lingüísticas; o entre uno
socialmente reprimido y otro de emancipación–, analizando los
modos de confrontación a los discursos patriarcales hegemónicos
del 900 uruguayo, y privilegiando a la vez aquellos registros que
permiten redimensionar la condición modernista/moderna de esta
poeta uruguaya. La crítica Magdalena García Pinto ha
afirmado, con razón, que «una de las formulaciones que
esperan corrección es la de interpretar el modernismo como
[...] fundamentalmente masculino», y «como una estética
propugnada por [un] imaginario viril [...] , con lo cual la participación
de las mujeres ha sido considerada marginal, o [...] emuladora de
[sus] grandes talentos».20
1 Cf. Hugo Verani (ed.): «Introducción»,
María Eugenia Vaz Ferreira: Poesías completas, Montevideo,
1986, p. 9. Para los conceptos de modernidad y modernismo seguimos
a Ángel Rama, recogiendo su concepto, diseminado por Ivan A.
Schulman: «conjunto de formas literarias que traducen las diferentes
maneras de la incorporación de América Latina a la modernidad,
concepción sociocultural generada por la civilización
industrial de la burguesía del XIX, a la que fue asociada rápida
y violentamente nuestra América en el último tercio
del siglo pasado, por la expansión económica y política
de los imperios europeos a la que se suman los Estados Unidos»
(Ángel Rama: «La dialéctica de la modernidad en
José Martí», Estudios martianos, Barcelona, 1974,
p. 129). Las referencias a la poeta se harán en este trabajo
abreviando su nombre: M.E.V.F. Damos crédito especialmente
a la obra de Rubinstein Moreira, que recoge parcialmente la correspondencia
de ella; y a las Poesías completas recogidas por Hugo Verani
–de donde citamos los poemas–, ambos materiales imprescindibles para
cualquier investigación sobre la autora.
2 Sobre otras obras, M.E.V.F. preparó el libro Fuego y mármol
que fechó en 1903 y que sólo salió a la luz como
tal en las Poesías completas editadas por Hugo Verani en 1986,
al igual que un gran número de poemas sueltos recogidos en
revistas, periódicos rioplatenses y antologías. Y, en
1959, Emilio Oribe había editado y publicado el libro que tituló
La otra isla de los cánticos.
3 Cf. Ángel Rama: «La poesía de María Eugenia
Vaz Ferreira: Historia de un libro inédito», Marcha,
5 de junio de 1959, p. 30. Alberto Zum Felde decía en cambio
que era «caprichosa en sus gustos, extravagante en sus actitudes,
atrevida y desafiante en su conducta, se complacía en hacer
lo contrario del señor todo el mundo y en épater le
bourgeois. Parecía convencida de que, a ella, y por ser ella,
todo le estaba permitido». Alberto Zum Felde: Proceso intelectual
del Uruguay, t. 2, Montevideo, 1985, p. 285.
4 En 1912 se crea la Universidad de mujeres, de la que M.E.V.F. es
primero secretaria, y en 1915 obtiene la Cátedra de literatura.
Sobre el proyecto de ley, se expresa que «por [este proyecto]
se quiere dar a la mujer elementos de que hoy –con notoria injusticia–
se ve privada, a fin de que pueda actuar en las mismas profesiones
que hasta ahora sólo en casos excepcionales puede ejercer».
Cf. Rubinstein Moreira: «Aproximación a María
Eugenia Vaz Ferreira», Letra viva: Ocho escritores uruguayos,
Montevideo, 1992, p. 18.
5 En otra carta al mismo escritor, expresa: «mis ideas intelectuales
y sentimentales son complicadas y confusas, en cambio las religiosas
(á parte [sic] de algunas divagaciones que no me permitiría
escribir) [...] son de una pureza y sencillez tal que Ud. se asombraría.
Soy de un misticismo salvaje [...]» Cf. Rubinstein Moreira:
Op. cit. (en n. 4), p. 48.
6 José Pedro Barrán: Historia de la sensibilidad en
el Uruguay: El disciplinamiento (1860-1920), t. 2, Montevideo, 2001,
pp. 186-187. En un poema temprano (con ecos de «La du quesa
Job», de Gutiérrez Nájera), «Monólogo»,
de interés únicamente testimonial, leído en 1893
en un festival del Club Católico, decía: «A más
de todo esto, mamá no quiere, / Pues me está reprimiendo
todito el día / Que, por Dios, no haga versos, que eso es muy
malo / Que me quedo soltera seguramente, si hago poesía! //
[...] // Pues desgraciadamente, qué desventura...! / Se aprecia
más hoy día que a una poetisa, / Una niña hacendosa,
seria, que sabe / Recortar bien los puños deshilachados de
una camisa.» Rubinstein Moreira: Op. cit. (en n. 4), p. 48.
7 «Las quimeras» constituye otro significativo ejemplo
de dicho discurso: «Sangre bullente de las bocas rojas, / sangre
que brilla / y en recónditos vasos se retrae / cuando fervientes
labios se avecinan...// [...] // y voy como vosotros / [...] / sin
poder claudicar / y sin tocar la carne de la vida / jamás,
jamás, jamás» (26).
8 Alberto Zum Felde: Op. cit. (en n. 3), p. 291
9 Ángel Rama: Op. cit. (en n. 3), p. 30.
10 Otro ejemplo se encuentra en la ambiguedad simbólica de
«Ave celeste»: «Alma, sé libre y rauda, sé
límpida y sonora [...] / De toda resonancia, la vibración
perciba / sobre su espejo armónico tu carne siempreviva. /
Alma, sé sensitiva» (65).
11 Ivan A. Schulman y Evelyn Picon Garfield (eds.): «Estudio
preliminar: el modernismo y el mundo moderno», Poesía
modernista hispanoamericana y española. (Antología),
San Juan, 1999, p. xxviii.
12 Alberto Zum Felde: Op. cit. (en n. 3), p. 286.
13 Otro ejemplo se encuentra en los versos enmascarados de «Sacra
armonía»: «Su exaltación gloriosa y palpitante
/ en los sublimes juegos / con la rosa de la policromía / y
con la lira magistral del verbo... // [...] // Alguna vez en el turbado
numen / palidece la fuerza inspiratoria, / pero la enamorada fantasía
/ prosigue su camino, toca el astro, / y en el interno alcázar
triunfalmente / se enciende en fuego el pórtico sagrado»
(34-35).
14 Cf. Alberto Zum Felde: Op. cit. (en n. 3), pp. 283-286; y Hugo
Verani: Op. cit. (en n. 1), p. 11. Este último define los poemas
de la segunda etapa como unos que «se adhieren a la sensibilidad
modernista, en su vertiente decorativa y verbalista, herencia común
de la época, aunque ella [M.E.V.F.] no se asimile propiamente
a este movimiento» (12). Y más adelante, en el mismo
estudio, agrega que «[p]rogresivamente se descubre en la poesía
de M.E.V.F. un tono personal, un lenguaje nuevo que corresponde al
acento de autenticidad que recorre la última etapa de su obra
[...] se orienta hacia una sobria condensación de emociones,
hacia la creación de un lenguaje que exprese más directamente
una honda angustia existencial» (15). Sarandy Cabrera, por su
parte, encuentra en La isla… «unas cuantas composiciones...convencionales
en su contexto, de adjetivación modernista e imágenes
olímpicas, todas ellas obras de mediano valor [...]»,
cf. Sarandy Cabrera: «Las poetisas del 900», Número,
No. 2, junio-agosto de 1950, p. 163.
15 Ángel Rama: Op. cit. (en n. 3), p. 31
16 Ivan A. Schulman y Evelyn Picon Garfield (eds.): Op. cit. (en n.
11), p. xxxiv.
17 Dice Schulman: «en una etapa sucesiva del modernismo, Enrique
González Martínez se expresó en favor de la busca
de la vida profunda por la vía de la sencillez y la interioridad
en lugar del verbalismo ostentoso y el andamiaje imaginístico
de sistemas poéticos de tendencia barroca, lo cual no representó
una nueva dirección de modernismo, sino una insistencia sobre
vertientes que ya se habían evidenciado en la escritura de
Martí, Silva, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado».
Cf. Ivan A. Schulman y Evelyn Picon Garfield (eds.): Op. cit. (en
n. 11), p. xxxiii.
18 Ivan A. Shculman y Evelyn Picon Garfield (eds.): Op. cit. (en n.
11), p. xxxiii.
19 Arturo Sergio Visca: «Prólogo»,
Antología de poetas modernistas menores, Montevideo,
1971.
20 Magdalena García Pinto (ed.): «Introducción»
a Delmira Agustini: Poesías completas, Madrid, 1993,
p. 25.