Los intelectuales y la práctica*
Alfonso Sastre
Cuando un par de veces he sometido
a crítica la actividad de los intelectuales y de los artistas,
de un modo un tanto detenido y orgánico, mis objeciones han
ido contra los «intelectuales de izquierda» que operaban
por causas que yo estimaba y estimo justas; pero que lo
hacían o hacíamos, a mi modo de ver, mal,
y hasta muy mal, o que decididamente, no lo hacían, no lo hacíamos.
¿Piedras contra mi propio tejado? ¿Autocrítica?
¿Puñaladas a mis sedicentes amigos? En general, ha sido
«la izquierda» o el «progresismo» de ciertos
intelectuales lo que yo he sometido a crítica, anotando y hasta
denunciando la práctica de modos y tics indeseables, oportunismos
y otros variados males. El desplazamiento masivo a la derecha durante
los últimos años de intelectuales que ayer formaron
decían formar en la izquierda, y sobre todo en
la extrema o ultraizquierda, me ahorran ahora algunas aclaraciones,
pues ha quedado visto para todo el mundo algo de lo que yo creía
ver entonces (1970): la no fiabilidad de muchos escritores e intelectuales
sedicentemente situados en la izquierda y hasta en la extrema izquierda
social y la ultraizquierda política.
Pero entremos en la materia de la relación entre los intelectuales
(y los artistas, pero desde ahora diremos sólo «los intelectuales»
para cubrir convencionalmente estos dos campos relativamente autónomos)
y la práctica social, con la que tienen que habérselas,
desde luego, también los intelectuales más vinculados
al tema de la utopía: más vinculados a los proyectos
incluso desmesurados y ambiciosos. Recorramos la carne viva de algunos
temas, en los que muchos de los intelectuales de hoy están
adoptando la asimilación a lo que antes se llamaba «la
gente bienpensante», y que siempre ha sido situada en la derecha,
pero que hoy está en la izquierda: es la buena izquierda.
Antes, es cierto, los intelectuales hablaban con fuertes ironías
de la gente «bienpensante», y no es así ahora,
según lo que estamos observando en nuestra propia práctica.
¿Tendrán razón estos intelectuales? ¿Pues
no ha de ser lo propio de unos buenos intelectuales pensar bien?
¿Pensar mal sería propio de buenos intelectuales? ¿Y
cómo se comería eso?
Veamos: ciertamente la población bienpensante antes era «de
derechas» (o la gente de derechas era la gente bienpensante);
y hoy la «gente de izquierdas» es bienpensante (o la gente
bienpensante resulta ser de izquierdas, que de ambas formas puede
decirse). Por mi parte, yo reivindico para mí una posición
no bienpensante y así lo propongo para una izquierda deseable
y seriamente radical, aunque ello resulte paradójico. Mi modo
de «pensar bien» es «pensar mal»; lo que creo
que me sitúa ay en el refranero castellano, en
el que se certifica que «pensar mal» es una vía
segura para el acierto: «Piensa mal y acertarás».
Pero la idea que ha prosperado socialmente es que «pensar bien»
es lo propio de los intelectuales, aunque ese pensar bien los sitúe
en el mundo, en otro tiempo desdeñado, de la gente bienpensante.
Nosotros queremos tratar en esta conferencia de las siguientes relaciones
problemáticas, bajo la forma de algunos tópicos del
«buen intelectual» en el día de hoy: cada uno
de los cuales viene a ser como un matiz que añadir a los demás:
Entremos en esta materia de la siguiente forma:
El buen intelectual es hoy un ser humano políticamente correcto
Lo «políticamente correcto» era un motivo de risas
y burlas por los intelectuales de izquierda de otros tiempos, cuya
crítica incidía en los componentes hipócritas
de este tipo de comportamientos; y los intelectuales no dudaban en
someter a crítica y desmontar aquellas ideas «políticamente
correctas». Recuérdese como un arquetipo o, por lo menos,
un ejemplo de esta actitud irrespetuosa ante lo políticamente
pero también moralmente «correcto» la figura de
Oscar Wilde; pero también que su posición escandalosa
lo condujo a sufrir los horrores de una prisión inmunda y a
ser «escupido» por la sociedad inglesa a Francia cuando
él salió de la prisión y a morir de mala
forma en un hotelucho de París.
Quizás haya hoy muchos intelectuales («buenos»)
que se sigan burlando y hagan risas en sus tertulias íntimas
de lo «políticamente correcto», pero de hecho cumplen
las órdenes contra el escándalo de toda declaración
«incorrecta». En esta situación, se hallan mucho
más cerca de una verdad sostenible de una «realidad
de verdad» aquellos ciudadanos que han convivido en los
barrios pobres con poblaciones gitanas y realizan críticas
que resultan malsonantes en los castos oídos del antirracismo
convencional; en los oídos de aquellos intelectuales «humanistas»
que nunca han visto de cerca a un gitano si no ha sido en el escenario
de la danza española o del cante flamenco o en el cine.
Esta «izquierda» está ejerciendo al servicio
de la más carca y maloliente derecha que la subvenciona
de enterradora no sólo del marxismo que, sin embargo,
goza de muy buena salud teórica sino de cualquier proyecto
revolucionario, esto es, utópico, desdeñado por ella
como si formara parte de una especie de pensamiento orangutánico
y troglodítico; dado que, para ella, la verdad la
«realidad de verdad» sería que las cosas
«son como son», y que hoy la historia «ha terminado»
(fin de la historia), si es que alguna vez hubo historia, en
lo que esta sedicente izquierda coincide plenamente con la derecha
económica, social, política y su intelligentsia,
hoy generalizada en el poder, una vez producida la bancarrota de lo
que se llamó el «socialismo real», cuyas virtudes
y sobre todo sus virtualidades quedaron al fin liquidadas por la convergencia
de una estrategia de largo alcance del capitalismo, y de la propia
burocracia «socialista», surgida bajo el imperio de una
forzada militarización del proceso revolucionario.
El buen intelectual está
contra toda violencia, venga de donde venga
Nada más cierto; y son pocas las excepciones de quienes
afirmamos que pensar es distinguir entre los fenómenos (o,
al menos, empieza por ese esfuerzo), o sea, que es todo lo contrario
de echar en una bolsa de basura todo lo que quepa en ella en función
de ciertas semejanzas que a veces son realmente serias e importantes
(por ejemplo, un tiro de pistola suena igual que otro tiro de pistola),
para hacer después un juicio global sobre aquel conjunto heteróclito.
Por ejemplo, para mí es preciso establecer que son fenómenos
diferentes el disparo de un sicario sobre un dirigente sindical en
la América Latina, y la ráfaga de metralleta de Ernesto
Che Guevara contra un cuartel de «casquitos» durante la
dictadura de Batista; y mucho más otra cosa es la explosión
de unas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y el homicidio
a navaja que se produce en un arreglo de cuentas o en un trance pasional.
Todos son actos violentos y, por ello, indeseables; pero a partir
de esa constancia es preciso ponerse a pensar y a ver la entidad propia
de cada una de esas violencias, ante cada una de las cuales nuestro
rechazo tendrá también su propia entidad, o incluso
no llegará a ser tal rechazo (defensa propia, tiranicidio,
violencia revolucionaria...); por lo que no es indiferente esa genealogía
para paralizarse en un rechazo de como dice un eslogan casi
popular entre los intelectuales «buenos» toda
violencia, venga de donde venga, pues, siendo todas ellas indeseables,
como decimos, merecerán diferentes atenciones, de manera que
el juicio moral y político sobre ellas se basará en
el conocimiento de su diferente cualidad y etiología, y en
el análisis de las motivaciones, desde las sicológicas
a las sociales, de cada uno de esos actos violentos; y es de decir
que esa metódica distinción en la masa de lo que es
heteróclito (aunque una importante nota común sea la
violencia) es la vía sine qua non de un pensamiento
«en forma» o sea, fuerte y de la moral, y
de una acción efectiva para que tales actos violentos cada
uno en su índole lleguen un día a ser definitivamente
imposibles. En cuanto a mí, por mera decencia intelectual,
no puedo poner en el mismo saco a un militante palestino que se hace
estallar ante un cuartel israelí ¡o en un autobús
con todo el horror que ello comporta!, y los bombardeos desde el interior
de grandes formaciones blindadas de enormes carros de combate o el
lanzamiento de misiles de helicópteros sobre casas habitadas
palestinas en un campo de refugiados. Mi punto de vista, como intelectual
«malo», es que en todos los casos de violencia, incluso
en los de mayor similitud, existen diferencias, a veces radicales,
y en todo caso dignas de tenerse en cuenta, y no digamos cuando los
actos violentos son, por ejemplo, la bomba de un guerrillero de las
FARC de Colombia, que combaten por la revolución de su país,
en un lado, y la tortura de un policía o un militar británico,
al servicio del Reino Unido, a unos detenidos irlandeses sospechosos
de pertenecer al IRA, en el otro. ¿Se me puede seguir por ahí,
o ese camino es impracticable para un buen intelectual de hoy, para
el humanismo de una izquierda bienpensante? ¿Me quedaré
yo solo o acompañado de algunos poetas malditos, candidatos
a la marginación y al desprecio?
Insistiendo en la indeseabilidad radical de la violencia en sus diferentes
despliegues y entidades o sea, de las violencias, mi punto
de vista entonces y ahora es que es preciso distinguir radicalmente
dos grandes sectores en las violencias sociales y políticas
las violencias de los oprimidos y las de los opresores, o bien,
los actos violentos de los pobres y de los ricos, o bien, las guerras
patrocinadas por el Poder y las guerras sediciosas o subversivas,
etcétera, y que todos los actos violentos no meramente
«pasionales» (amor, celos...) desde los atracos
de bancos a las bombas «terroristas» son síntomas
que manifiestan profundos males sociales y que hunden sus raíces
en situaciones de radical y lacerante injusticia, plano sobre el que
habría que operar en la tarea de acabar con la violencia en
el planeta Tierra, y no golpeando con furia ciega, policíaca
o militar, sobre los síntomas, por medio tantas veces de procedimientos
como la tortura que se practicaba y se sigue practicando en las siniestras
oficinas del «orden público», en las cloacas de
los Estados.
Sobre el tema de las condenas al terrorismo por parte no ya de políticos
sino de intelectuales y artistas, algo he dicho en el librito sobre
Los intelectuales y la Utopía (pero mejor será
en la segunda edición, todavía inédita), acudiendo
a reclamarme como del «oficio de Eurípides», o
de la dramaturgia en general, que no es un oficio de condenas «al
malo» sino de análisis y reflexión sobre los orígenes
de los sufrimientos humanos. Para nosotros (los que efectivamente
practicamos el oficio de Eurípides, y no pertenecemos a la
policía ni a la judicatura), en general no hay el malo,
aunque algún «malo» pueda haber, sobre todo en
las malas películas y en los melodramas (buenos contra malos),
e incluso los tiranos tienen en nuestros dramas la libertad de decir
y de explicar todas sus razones.
Recuérdese como un buen ejemplo, casi arquetípico, la
Antígona de Jean Anouilh, tragedia escrita y estrenada
en París durante la ocupación nazi-alemana, y cómo
se escuchaban en aquella obra las razones de Creonte, el tirano, contra
Antígona, tan bien expresadas por el personaje que personifica
el Poder que se podía llegar a pensar que el autor justificaba
las razones de Alemania (Creonte) contra Francia (Antígona).
Si nos desplazamos a la Revolución Francesa, podríamos
echar un vistazo a las grandes obras que de ella se han ocupado (por
ejemplo, desde La muerte de Danton, de Georg Büchner,
a la obra maestra de Peter Weiss que es el Marat/Sade), y en
ellas vemos y confirmamos que nuestro oficio no consiste en una condena
a ultranza del Terror, ni siquiera del Terror en el Poder, como es
en este caso, en la medida en que se trataba de una actividad pública,
instalada en el poder político, y que se pretendía al
servicio de una gran revolución justiciera, sino que nuestro
propósito el propio de los socios del «Club Eurípides»
es siempre el de analizar vía imaginante las condiciones que
dan lugar, por ejemplo, a los horrores de la guillotina.
Pensándolo bien a pesar de todo, me doy cuenta de que yo no
soy un buen oficiante de Eurípides, y que a veces se me cuela
el melodrama los buenos y los malos en mis tragedias (en
las de mi vida y en las que escribo), o en mi percepción de
las tragedias ajenas (las que ocurren en la realidad y las que han
escrito o escriben mis colegas dramaturgos).
No es así en algunas como la citada Medea de Eurípides,
en la que me da casi tanta pena Jasón como Medea, y, desde
luego, no condeno a ninguno de los dos, pues Jasón me parece
un personaje muy humano a pesar de que se comporte como un
cerdo a propósito de Medea, y en cuanto a Creonte, ¿qué
podría hacer él sino lo que hace, condenar a Medea al
destierro para evitar... lo que, al fin, resulta inevitable, y no
porque Medea sea «mala» sino porque sufre más allá
de lo posible por el abandono de Jasón?
Como espectador del teatro, entiendo como un test de mi propia condición
humana de lo que yo tengo y de lo que me falta de Eurípides
el hecho de que en Fuenteovejuna de Lope de Vega no me da ninguna
pena sino que me alegra ver que los ciudadanos se rebelan, matan al
Comendador de mala forma y alzan su cabeza en una pica; y, sin embargo,
condeno que aquellos ciudadanos sean sometidos a torturas para dilucidar
lo que ha pasado. (¿Dónde se me quedó Eurípides?)
Como autor, escribí con mucho gusto que Tell mata al Gobernador,
y me quedé tan tranquilo, y en ningún momento del drama
le dejé al Gobernador que expresara sus opiniones
y defendiera sus puntos de vista (cosa que hizo y muy bien Eugenio
dOrs en su obra Guillermo Tell).
Este tema me ha puesto siempre en un trance mental muy complejo, en
una situación «ardiente», y así sigue siendo
hoy. Pero la cosa para mí empezó cuando descubrí
la existencia en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, de aquel
movimiento de resistencia contra los nazi-alemanes. ¿Qué
pensar de un acto en el que un resistente francés disparaba
un tiro en la cabeza de un oficial alemán? Pero aún
más: ¿qué pensar de un grupo de la Resistencia
que pone un explosivo en la vía del ferrocarril? ¿Condenarlo
y renunciar a la lucha contra la ocupación alemana? ¿Aceptarlo
y renunciar entonces a nuestro humanismo intelectual? ¿Y qué
pensar de los franceses que decidieron practicar aquella lucha? El
terrorismo fue el doloroso tema de una de mis primeras obras, Prólogo
patético, y de otras posteriores, particularmente de la
titulada Análisis de un comando, que parten sin duda
alguna de una condena personal a los sistemas a cuya opresión
se oponen los «terroristas». En realidad y ahora
regreso a Eurípides y me reconcilio con él no
hay buenos y malos, y ni siquiera los torturadores policíacos
son como los malos de las malas películas o de los buenos melodramas.
Lo malo son los sistemas opresores; lo condenable son esos sistemas;
y los verdugos son también víctimas de esos sistemas.
Lo cual no quiere decir que propongamos enfangarnos en una especie
de humanismo navideño.
En resumen, creo que también los intelectuales «malos»
estamos contra toda violencia, que nos parece siempre indeseable,
pero no lo estamos de la misma manera cuando se trata de la violencia
de los ricos contra los pobres que cuando se trata de la violencia
de los pobres contra los ricos.
El buen intelectual es tolerante
Recordamos sin ninguna nostalgia la época en la que muchos
intelectuales marxistas, generalmente militantes en los Partido Comunista,
exhibían una mala lectura de Marx, muy rígida, que los
había convertido en una especie de cabezas cuadradas dogmatizadas
con muy baja sensibilidad ante los hechos que no fueran meras repeticiones
de otros anteriores; pero no nos parece que las actuales «tolerancias»
sean una buena respuesta a aquella marea dogmática, tanto más
cuanto que esta tolerancia, en lugar de apuntar a la existencia de
distintos puntos de vista y filosofías, acaba engulléndolos
en los abismos de un «pensamiento único» al servicio
del actual neo-imperialismo; y creemos que no porque haya habido un
pensamiento rígido y dogmático tengamos que apostar
hoy por un pensamiento débil; por un pensamiento que parezca
avergonzado de ser pensamiento. Mala respuesta sobre todo en la medida
en que los intelectuales orgánicos del neocapitalismo liberal
aprovechan esa debilidad para incorporar a tan tolerantes pensadores
a sus filas al servicio de ese «nuevo orden» apadrinado
por figuras tan lamentables (y hasta ridículas) como George
Bush, jr., que pueden poner en marcha tan criminales acciones como
las ejercidas por él y sus cómplices contra Iraq. Sorprendentemente,
ha sido de otra manera. Una buena parte de la izquierda dormida ha
parecido despertar. (Escribo estas líneas hoy sábado
15 de febrero, cuando los Inspectores de la ONU acaban de leer su
segundo informe en el Consejo de Seguridad y desde esta mañana
habrá manifestaciones en todo el mundo contra este ataque a
Iraq, tan largamente preparado por el Imperio, pues es de saber que
el proyecto de destruir Iraq es estratégico y se formuló
antes del ataque de Iraq a Kuwait.)
Son de temer, de todos modos, los efectos de la mala conciencia de
los dogmáticos de antaño, que caminan como sobre brasas
por las realidades que nos comprometen desde el punto de vista teórico
a formular posiciones fuertes, precisas y arriesgadas, situándonos
en una zona peligrosa y nada complaciente, que rechazan posiciones
eclécticas o sincréticas (forman parte de la esencia
de la llamada posmodernidad). ¿Me sitúo, hablando así,
frente a los intelectuales «buenos» contra los «buenos
intelectuales», y resulta, en fin, que estoy rechazando
la buena idea de una «tolerancia» que parece el mejor
proyecto que se podría desarrollar en el seno de una sociedad
que camine hacia una organización aceptable del mundo? ¿Me
situaría contra la herencia que sin embargo he elogiado
en otros momentos de un Sebastian de Castellion, que fue el
primer promotor en el siglo xvi de un «documento
de intelectuales por la tolerancia», que suscribieron audaces
filósofos y teólogos ante el crimen de Calvino, que
fue quien condujo a Miguel Servet a la hogue-ra de Champel en Ginebra,
donde fue quemado vivo? Sebas-tian de Castellion escribió entonces
aquella frase, que luego fue famosa, y que yo reproduje en mis obras
sobre Servet: «Matar a un hombre no es defender una doctrina.
Es matar a un hombre.» ¿Es un pensamiento absoluto? ¿Vale
para cualquier caso de homicidio? ¿Así que matar al
Gobernador Gessler fue matar a un hombre y no defender la doctrina
de la libertad, por referirnos al mundo de los mitos? ¿Matar
un resistente francés a un oficial alemán es matar a
un hombre y no es luchar por la liberación de Francia? Tales
son los postulados propios de un pensamiento «fuerte»,
de carácter trágico, que nos deja temblando, solos ante
el peligro, habiendo renunciado a la cómoda blandura de un
humanismo bienpensante.
En esta riqueza de contradicciones no toleradas sino fecundadas por
un pensamiento fuerte-y-abierto (dialexis), el hombre que hoy
mata al hombre (guerras, terrorismo) por razones ya patrióticas,
ya de clase (económicas), sería un mal sueño
del pasado. Habría quedado restaurada y establecida como fruto
espontáneo y natural de un gran pensamiento, y no de una mera
tolerancia condescendiente, la tesis de Castellion de que «matar
a un hombre no es defender una doctrina sino matar a un hombre».
Habría terminado, en fin, la prehistoria. Evidentemente, me
estoy situando en el terreno teórico de la imaginación
dialéctica y de la utopía, tal y como trato de describirlo
en obras recientes, aún inéditas, en las que afirmo
como aquí también lo hago las virtualidades
positivas de las diferencias con exclusión de las que
se dan, en el capitalismo, entre las clases. El tema de la tolerancia
quedaría saldado en la medida en que las tesis opuestas a las
mías formarían parte de la verdad, y no serían
meros objetos de mi tolerancia, pues yo (el filósofo de ese
futuro, quiero decir) agradecería la existencia de esas tesis
opuestas que operarían a favor de la retroalimentación
de mi propio pensamiento, mientras que hoy mi tolerancia forma parte
de mi soledad, de la soledad del condescendiente.
El buen intelectual es ciudadano
del mundo
¿El buen intelectual debe ser un ciudadano del mundo? ¿De
ninguna parte en concreto? ¿De todas en un sentido abstracto?
Eso será según se mire. Desde luego, el intelectual
«malpensante» que yo soy opina que cada uno de nosotros
o sea, en un plural que en español incluye sin decirlo
«las cada unas» es ciudadano de su pueblo, aunque
el apego a la tierra se pueda entender, en la línea de Heidegger,
como una antesala de un peligroso nazionalismo. Mi respuesta
fue situarme tan lejos yo decía del casticismo
nacionalista como del cosmopolitismo desarraigado, aun con el riesgo
de colocarme en ninguna parte, y a veces me ha ocurrido estar
en ninguna parte, pero pienso que habrá sido porque lo
he hecho mal, por un déficit en mi propio talento, dado que
una postura entrañada en nuestro propio paisaje natural
y civil, humano, parece que es la conditio sine qua non de
una validez «mundial» (antes se decía «universal»)
de la obra literaria o artística, dado el carácter primordial
que en el arte y la literatura tiene la sensibilidad. (Esto no quiere
decir que el nacimiento en un determinado lugar nos condene a ser
de ese lugar o, en su defecto, a devenir un apátrida,
pues la tierra de cada uno es aquella que cada uno elige o la tierra
en la que su propio destino lo coloca así, Chamisso,
habiendo sido francés, es un gran poeta alemán, y Conrad,
habiendo sido polaco, es un gran narrador inglés.)
El buen intelectual es pacifista
El buen intelectual es pacifista;
yo tampoco, diríamos glosando a Salvador Dalí, quien
en cierta ocasión declaró que Picasso era un genio «y
él también», y que Picasso era comunista, «y
él tampoco». Pasando a nuestro tema, a lo que yo quiero
apuntar es a que, habiendo verdaderos pacifistas a ultranza, personas
admirables, no pocos intelectuales y la mayor parte de los políticos
entre los que se dicen pacifistas, lo son sólo cuando se trata
de determinadas guerras y no cuando se trata de otras; así
es ante la violencia terrorista por ejemplo, que rechazan, y hacen
muy bien, mientras se muestran insensibles a las torturas que practica
la policía y que forman parte de una guerra especialmente sucia
(todas lo son, y también las de los pobres, todas). En cuanto
a mí, me he declarado con las anteriores palabras fuera de
las filas de los pacifistas a ultranza, pues, como he dicho anteriormente,
vi un arma de liberación en la metralleta del Che Guevara,
en lo que me siento acompañado por el poeta Antonio Machado,
que supo decirle a Enrique Líster durante la guerra civil:
«Si mi pluma valiera tu pistola / de capitán, contento
moriría.» Habría, pues, que barrer las muchas
hipocresías para llegar a elucidar cuántos son y dónde
están los pacifistas a ultranza, mientras hoy se declara por
la mayor parte de los intelectuales y los artistas, todos ellos bienpensantes,
que ellos son pacifistas y admiradores de Ghandi, a cuyas huelgas
de hambre atribuyen la independencia de India, mientras yo me supongo
que algunos factores más contribuirían a que esa independencia
se declarara. En cuanto a mí mismo, traigo aquí a colación
la anécdota de José Bergamín, quien durante la
guerra civil se puso en una cola en la que se distribuían fusiles
para la defensa de Madrid. Los fusiles se terminaron antes de llegar
a él, y Bergamín suspiró aliviado. Luego, se
avergonzó de ello. Yo también me hubiera puesto en la
cola de los fusiles, en cuanto que teóricamente no soy un pacifista
a ultranza, pero hubiera respirado con alivio al ver que los fusiles
se agotaban antes de llegar a mi turno.
Abandonar este pacifismo a ultranza me ocurrió en función
de las guerras, que yo llegué a admirar con toda mi alma, de
«los condenados de la tierra», como antes he dicho. Así
como llegué a descubrir los horrores de la «pacificación»
de los territorios ocupados por las grandes potencias colonialistas.
Por todo lo cual, ahora creo que se han de rechazar como hipócritas
y nocivas para los pueblos todas las guerras «pacificadoras»,
y, desde luego, la filosofía que ocultan y cubren; punto de
vista que no es de hoy, pues ya hace muchos años (es un ejemplo)
que tuve ocasión de publicar en El País periódico
en el que colaboraba regularmente cuando todavía era un escritor
bienpensante. «Modesta proposición», rezaba aquel
título, «contra la pacificación de Euskadi.»
Ya entonces, y desde luego ahora, yo era un partidario ferviente de
la paz, lo que es evidente en mi repertorio dramático, pero
antes entendía y ahora sigo entendiendo la paz como un bello
efecto de la abolición de las injusticias y de las opresiones
en un país determinado, en lo que siento rozar mi codo derecho
con el codo izquierdo de Emmanuel Kant, y resonar en mi memoria su
pequeño y gran escrito sobre La paz perpetua, que no es y
el filósofo lo decía en las primeras páginas
la paz de los cementerios.
Terrible es sin duda la historia de las pacificaciones, desde la
pax romana, impuesta a un conjunto de pueblos a sangre y fuego
(imperialismo), lo que es vituperable aunque la cultura que se impusiera
a aquellos pueblos fuera «superior» (con la herencia griega,
y el componente judeocristiano conforman el esqueleto de «nuestra»
cultura), superior, digo, a las que sojuzgaron. Es el caso que etnias
y culturas «desaparecieron» por la fuerza de las armas,
y que en el curso de aquella pacificación hubo episodios de
masacre como la que Cervantes elevó al plano del arte del teatro
bajo el título de El cerco de Numancia. Desde la pax
romana, decimos, a otros hitos tan importantes como la historia de
los grandes imperios europeos, con grandes genocidios como el del
imperio español en América y el anglosajón sobre
los «indígenas americanos», o, en el siglo xx,
fenómenos como las «pacificaciones» de Indochina/Vietnam,
o de Argelia, siempre en las manos de soldados armados hasta los dientes
y en posesión de las armas de destrucción masiva que
la tecnología de la guerra ponía en sus manos en cada
momento histórico. (Por ejemplo, las bombas atómicas
sobre Hiroshima y Nagasaki o el napalm en Vietnam.) Las guerras del
imperialismo han adoptado a veces la figura dulzona de unidades de
soldados, también armados hasta los dientes, pero con sus cascos
de acero pintados de un azul más o menos celeste. (Sin embargo,
hoy por hoy, sigo escuchando a políticos incluso de la
izquierda abertzale e intelectuales demócratas y progresistas
apostar por la pacificación de Euskadi, e incluso por
su «normalización», ¡como si lo normal el
cumplimiento de las «normas» del capitalismo neoliberal
fuera deseable para la buena marcha de la humanidad!)
El buen intelectual es demócrata
Esta afirmación supone el compromiso de los intelectuales
«bienpensantes» con la democracia representativa, y la
ignorancia de la crisis en la que vive con todo su poderío
esta noción de democracia, bajo cuyo manto se han cubierto
todo tipo de injusticias y de atentados a la libertad de los pueblos
hasta culminar en la actual situación de dominio imperialista
del mundo bajo esas banderas de una democracia hoy responsable de
la gran extensión de la injusticia y de la mengua de libertades
en todo el mundo, dependiente de los intereses del gran capitalismo
neoliberal, indiferente a las grandes tragedias sociales que vive
la mayor parte de la población mundial. El proyecto de una
democracia participativa emerge con fuerza como contestación,
en el marco de la filosofía contestataria, de la resignación
ante este mundo, y que suele expresar su magno proyecto en la frase
«otro mundo es posible».
Experiencias en este sentido, de momento limitadas al ámbito
de la administración municipal, pero con vocación de
extensión a más altos niveles, son las que se vienen
desarrollando en Porto Alegre, la capital del Estado brasileño
de Río Grande do Sul, que además es sede del foro que
desarrolla sus trabajos en el sentido de cambiar no sólo la
cara sino las raíces del mundo.
El buen intelectual prefiere la
injusticia al desorden
Ello nos hace ver, una vez más, que Goethe era un intelectual
capaz de transmitir al futuro el mensaje de una «bienpensancia»
que con frecuencia ha sido mal vista por los intelectuales y los artistas
al servicio de la subversión de los buenos valores burgueses.
Desde mi propia maldad o dejémoslo en malicia,
prefiero la herencia de Emmanuel Kant y de su apología de la
Revolución Francesa, desde un punto de vista crítico
que asumía los aspectos «malos» de aquella revolución,
en los que hay que incluir el funcionamiento de la guillotina. Las
cabezas que cayeron en su funcionamiento proponen, por cierto, una
grave aporía a mi modesta idea de la distinción entre
las violencias y los terrores del Poder y las violencias y los terrores
generados en las filas revolucionarias, dado que aquel Terror para
el que pedimos una especial consideración se produjo desde
el Poder, desde el Estado. La resolución de esta aporía
habría de basarse en la necesidad de autodefensa de un proceso
cercado y amenazado, y por ello militarizado; argumento que se podría
aplicar a la revolución soviética y que desembocaría
en una comprensión, si no en una justificación, de
la cheka y de la GPU. También sobre este tema habría
mucha tela que cortar. Por mi parte, no creo en un determinismo que
condujera necesariamente todo proceso de cambio radical a un momento
en el que el terror social tuviera que apoderarse por un tiempo
más o menos dilatado de la calle, y menos aún
pienso en la fatalidad de una segunda fase en la que el Terror tendría
que ser legalizado como un instrumento necesario para la salvaguarda
de los cambios. El tema está muy bien planteado por Peter Weiss
en aquella obra cuya columna vertebral es el debate entre Jean Paul
Marat y el Marqués de Sade. También aquí es aplicable
el método dialéctico que nos propondría no una
tercera vía sino un replanteamiento de la noción de
necesidad. Ahí tendríamos que pedir ayuda a las hazañas
de la imaginación dialéctica.
Conclusiones (Aunque no sean conclusivas)
En realidad, no son siete temas los que hemos reseñado
y sometido a nuestra crítica sino siete facetas de este diamante
falso del humanismo, que yo estoy definiendo como «navideño»,
de los intelectuales que están, lo declaren o no, en la derecha
de hoy día. Aspectos positivos tiene, sin embargo, esa «bienpensancia»
intelectual, y ellos han determinado a este tipo de intelectuales
y artistas incluso los del teatro y el cine a incorporarse,
estos días en que estoy escribiendo las presentes páginas,
a las grandes manifestaciones mundiales contra el ataque del Imperio
a Iraq, no sin proclamarse muchos de ellos no sé si la
mayoría de ellos contra esta idea, que a mí me
parece muy fundada, de la muy importante diferencia existente entre
los hechos violentos, terroristas o militares; según se miren;
ya sean ejercidos por el Poder, ya subversivos, diferencia que para
mí es intelectualmente irrenunciable, y ello contra el método
de la bolsa o el saco en el que se mete y se revuelve «toda
violencia, venga de donde venga».
Eso es todo por hoy, a no ser que quieran ustedes plantear alguna
cuestión. Gracias por haberme escuchado.
Post-scriptum
El texto anterior está escrito antes de la agresión
y la ocupación terrorista-militar de Iraq por las tropas norteamericanas
y británicas, que ha causado y sigue causando incontables víctimas
civiles y daños sociales, morales, culturales, económico-materiales
y políticos. La faz del imperialismo se ha mostrado en toda
su descarnada crudeza, y ello aleja por tiempo indefinido cualquier
esperanza de una paz en el mundo, merecedora de ese nombre y augura
contra lo que sería de desear la multiplicación
de acciones armadas, guerreras, militares y/o terroristas por parte
de las fuerzas aún insumisas a los dictados del Imperio. ¿Qué
hacer los intelectuales y los artistas del mundo en un trance como
éste? A mí no se me ocurre otra cosa que propugnar una
implicación palabra que me gusta más que compromiso
en el descubrimiento y la revelación pública de las
verdades que los dominadores tratan de ocultar con todos sus medios
mediáticos y sus sobornos. Es lo que yo modestamente he pretendido
en esta charla.
* Leído en el Congreso Internacional
XX Semana gallega de filosofía: filosofía y compromiso,
celebrado en la ciudad de Pontevedra entre el 21 y el 25 de abril
de 2003.