La cabeza del imperio
Atilio A. Boron
El debate abierto por la ejecución de tres secuestradores
en Cuba es un acontecimiento paradigmático que marca los alcances
de la victoria ideológica del neoliberalismo como pensamiento
hegemónico del imperio. Prueba lo anterior la conducta de un
numeroso contingente de intelectuales que a lo largo de toda una vida
habían apoyado a la Revolución Cubana y que, de la noche
a la mañana, denuncian el imperdonable atropello cometido por
el gobierno de la Isla al ajusticiar a los terroristas.
Victoria ideológica del imperialismo, decíamos, porque
los firmantes de tantas cartas de protesta no hicieron otra cosa que
adoptar como propio el punto de vista de los amos del mundo, al que
consideran nada menos que como el inapelable «sentido común»
de una época, y que entre otras cosas repudia la pena de muerte.
Este «sentido común» cuidadosamente oculta, empero,
que sus mentores y beneficiarios son los responsables de los mayores
crímenes cometidos contra la humanidad a lo largo del último
siglo, y que continúan impertérritos con sus tropelías,
masacrando pueblos enteros, como en Afganistán y, hace apenas
unas semanas, en Iraq, sin que por ello dejen por un momento de enarbolar
cínicamente la bandera de los derechos humanos y la democracia.
Refiriéndose a situaciones semejantes en la Italia de la segunda
mitad del siglo xix, Gramsci decía que la burguesía
italiana y sus representantes políticos tenían a los
intelectuales críticos de la Italia del Risorgimento «en
su bolsillo». Y esto era así porque ellos pensaban con
las categorías propias de los poderosos, a partir de sus premisas
y dentro del perímetro ideológico congruente con su
dominación. Sus extraordinarios méritos como escritores,
ensayistas, poetas y humanistas no eran suficientes para trascender
los límites del pensamiento oficial. Aun desde sus posturas
críticas eran, en lo esencial, funcionales a los poderes establecidos.
Lo mismo acontece ahora con quienes se han precipitado a «denunciar»
el atropello cometido por las autoridades cubanas al dar cumplimiento
a una pena capital sancionada por la justicia de ese país dentro
del marco del debido proceso.
El autor de estas líneas está en contra de la pena de
muerte, y no hay razones por las cuales quienes compartan esta postura
deban privarse de manifestar esta disidencia. Pero la adhesión
y el respeto a los valores y reglas morales siempre remiten a una
coyuntura histórica y no pueden decidirse en función
de un argumento que se desenvuelva en la abstracción de las
ideas morales. Por otra parte, hay que reconocer que la decisión
de marras se adoptó en función de una legislación
antiterrorista que data de los años 70, que contempla severísimas
penalidades, y que fuera adoptada con el propósito de combatir
efectivamente y sin dobles discursos los estragos del terrorismo.
Podemos discrepar de dicha ley, pero de ahí a fulminar a la
Revolución Cubana concluyendo que con las ejecuciones de los
secuestradores ella se ha apartado de sus objetivos históricos
hay un paso gigantesco que nadie en su sano juicio puede dar, y mucho
menos un intelectual crítico. Se comprende, claro, que un grupo
de cantautores españoles muy vinculados al PSOE y sus aparatos
culturales y financieros ¡nada menos que un partido que
tiene en su haber gravísimas violaciones a los derechos humanos
en España y que difícilmente pueda dar lecciones de
moralidad pública en ningún lugar del mundo! haya
puesto el grito en el cielo ante las ejecuciones habidas en la Isla.
Pero de intelectuales de otra talla Saramago y Galeano, los
más notables podía haberse esperado otra cosa.
Por ejemplo, no caer en la trampa del «humanismo abstracto»
que les tiende día a día el imperio y que consiste en
concentrar la mirada en las violaciones a los derechos humanos que
supuestamente se cometen en los países enemigos de los Estados
Unidos mientras se convalidan, silenciosamente, las atrocidades cometidas
por sus socios. Intelectuales que, finalmente, terminan cayendo prisioneros
de la siniestra doctrina elaborada por Jeanne Kirkpatrick a comienzos
de la administración Reagan, en 1980, cuando predicaba la necesidad
de aplicar un «doble standard» en las relaciones de los
Estados Unidos con el resto del mundo. Los gobiernos que combaten
al comunismo y que apoyan a Wáshington deben contar con nuestro
apoyo, decía la Kirkpatrick desde su poltrona de embajadora
de los Estados Unidos ante la ONU, aun cuando cometan graves violaciones
a los derechos humanos. Son nuestros amigos, y debemos comprender
que trabajan en un ambiente poco propicio para introducir la democracia,
la justicia y el libre mercado. Los gobiernos dóciles ante
los comunistas, los socialistas y los nacionalistas, en cambio, y
que se oponen a nuestras iniciativas en todos los frentes imaginables,
deben ser duramente cuestionados y juzgados con otras varas. Debemos
tolerar las violaciones a los derechos humanos y las reglas del juego
de la democracia que cometan nuestros amigos, pero debemos ser intransigentes
con las que cometan los demás.
Lamentablemente, muchos amigos de las luchas emancipatorias de la
América Latina han caído en la trampa de la Sra. Kirkpatrick.
Condenan airados la ejecución de tres personas acusadas de
un atentado terrorista en Cuba, pero nada dijeron ante el fusilamiento
a mansalva de dos piqueteros en Puente Pueyrredón, en la Argentina.
No hubo una campaña mundial de firmas para repudiar una ejecución
criminal e ilegal; tampoco para condenar la treintena de muertes que
dejó en su fuga el gobierno de la Alianza, en diciembre de
2001, ni antes por los asesinatos cometidos por el gobierno de Menem
en las personas de Víctor Choque, Teresa Rodríguez y
Aníbal Verón. Tampoco la hay para condenar los crímenes
que día tras día perpetra el gobierno fascista de Israel
contra los palestinos, incluyendo entre sus víctimas a niños
de corta edad, mujeres, ancianos y toda clase de gentes. Ni hablar
del ominoso silencio que siguió a la brutal represión
del comando checheno que había copado un teatro en Rusia, y
que terminó cuando el gobierno de Putin autorizó la
utilización de gases neurotóxicos que mataron a más
de cien rehenes y la totalidad de los secuestradores. ¿Por
qué este penoso «doble standard»? ¿Por qué
una ejecución legal, resultado de una pena de muerte que también
existe en los Estados Unidos y que no ha movilizado a tantos intelectuales
en su contra, merece tanto ardor contestatario en el caso de Cuba,
mientras que las atrocidades que comete a diario la derecha en el
mundo, con el apoyo de los imperialistas, tienen como contrapartida
el silencio? Según Amnistía Internacional, durante el
año 2002 fueron ejecutadas mil quinientas sesenta personas
en todo el mundo, y los intelectuales críticos y los «artistas
progre» no abrieron la boca. ¿A qué se debe ahora
este súbito despertar?
Mal que les pese, es preciso reconocer que, aun involuntariamente,
los quejosos se han incorporado a una campaña internacional
concebida y ejecutada por los sectores más reaccionarios del
gobierno norteamericano en preparación del clima ideológico
que justifique una futura agresión militar en contra de Cuba.
¿Cómo pudieron ser tan ciegos ante lo evidente? ¿Desconocían
acaso el contenido de la nueva doctrina oficial de los Estados Unidos,
anunciada públicamente por el presidente George W. Bush el
20 de septiembre de 2002, que establece el principio de la «guerra
preventiva» en contra de cualquier nación, grupo u organización
que sea percibido como una amenaza a la seguridad nacional de los
Estados Unidos? Se trata de una «guerra infinita» y contra
un enemigo que definen caprichosamente los intereses dominantes del
imperio de acuerdo con sus necesidades. Según Noam Chomsky,
ideas paranoicas como ésas existían desde hacía
mucho tiempo en la metrópoli imperial, pero ningún gobierno,
ni siquiera el de Ronald Reagan, las consideró seriamente.
Hoy día son la doctrina oficial de la mayor superpotencia militar
de la historia, y a juicio del lingüista del MIT lo que allí
se anuncia es nada más y nada menos que un plan de dominación
mundial cuyo único antecedente es el delirio racista y criminal
de Adolf Hitler. Si para ejecutar dicho plan hay que destruir el sistema
de las Naciones Unidas, romper la Alianza Atlántica y liquidar
la legalidad internacional, así será. En el discurso
de Bush mencionado antes, se decía, entre otras aberraciones,
que «cualquier nación, en cualquier lugar, tiene ahora
que tomar una decisión: o está con nosotros o está
con el terrorismo». ¿Puede habérseles pasado por
alto estos «detalles» y olvidado que Wáshington
hace más de cuarenta años que le ha declarado la guerra
a Cuba, una guerra no-convencional pero no por ello menos letal que
las demás? ¿O que Cuba es el país que ha sufrido
el mayor número de atentados terroristas cometidos, financiados
y organizados por un país vecino, a lo largo de toda la historia
registrada de la humanidad?
Son demasiadas preguntas que los quejosos deberían haberse
planteado antes de haber reaccionado instintivamente con el arsenal
ideológico inculcado por las clases dominantes del imperio.
Cuba está en guerra, y actúa como lo hacen los pueblos
y gobiernos sometidos a una tensión extraordinaria que perdura
durante más de cuatro décadas. Nada menos que San Ignacio
de Loyola decía que «cuando una ciudadela está
sitiada la disidencia se transforma en herejía». Es preciso
recordar esta observación a la hora de evaluar la radicalidad
de ciertas acciones del gobierno cubano, que no dispone de la serenidad
y grados de libertad con que cuentan, por ejemplo, las autoridades
suizas o noruegas. Cuba tiene en su seno una misión diplomática,
la de los Estados Unidos, que promueve una disidencia antisistémica
a la que organiza, financia y protege con su inmenso poderío.
Wáshington ni remotamente toleraría una conducta semejante
de una representación diplomática en su propio territorio.
Pero Cuba es, además, la frontera ideológica caliente
de un imperio que, en su descontrol, ya no encuentra límites:
vitupera a las grandes naciones europeas que tienen la osadía
de disentir de sus políticas, sólo admite el argumento
de la fuerza, y está obsesionado con esa pequeña isla
como no lo está con ningún otro país de la tierra.
Es razonable suponer que, entre los propios amigos de Cuba, haya quienes
puedan no concordar con algunas de sus políticas. Pero también
es preciso no caer en la ingenuidad de creer que una revolución
se defiende rezando avemarías, u ofreciendo mansamente la otra
mejilla para que el opresor imperialista más poderoso de la
historia se ensañe con su víctima. Que algunos hagan
caso omiso de esta excepcional singularidad del caso cubano revela
la victoria ideológica de la derecha, al hacer que aun los
intelectuales críticos se olviden de la necesidad de analizar
la totalidad de los elementos que constituyen una coyuntura y reaccionen
apelando inconcientemente a las categorías intelectuales y
morales de los grupos dominantes, y en exclusivo beneficio del imperio.
Es de esperar que, con el paso del tiempo, quienes se han sentido
defraudados por los acontecimientos que estamos analizando puedan
recapacitar y evitar quedar como rehenes de las trampas ideológicas
del imperialismo. Antes de que sea demasiado tarde.