Contra la mentira mediática
Daniel Chavarría
Hace apenas unos días sostuve una acalorada
discusión telefónica con una hermana mía que
radica en España. ¿El motivo? Los tan cacareados disidentes
cubanos. Ella les llama disidentes y yo traidores. Al momento en que
le espeté el calificativo con el que los defino, me llamó
oso y troglodita.
Le expliqué que todos estaban en el negocio de la disidencia,
recibiendo dinero, prebendas, viajes, por traicionar a su patria;
dinero de los Estados Unidos, del gobierno de Bush que mi hermana
también execra.
Intenté hacerle ver que esos disidentes cubanos, condenados
a penas de hasta veinte y más años, han recibido un
tratamiento sumamente considerado. Le recordé entonces que
en nuestro país, el Uruguay, los miles de verdaderos opositores
al gobierno no recibían dinero de países extranjeros;
ni se conocían sus nombres; ni eran objeto de un desvergonzado
boom publicitario para presentarlos como intelectuales perseguidos.
Luego la puse al tanto de la existencia de algunos cacógrafos
cubanos, y también cacógrafas de pésima laya,
autores todos de espantables y mentirosos bodrios, que gracias a los
enemigos de la Revolución resultan ampliamente publicados en
Europa.
Pero los opositores de los gobiernos latinoamericanos a los que me
refiero no fueron favorecidos por su actividad antigubernamental con
becas sustanciosas; ni recibieron en restaurantes visitas de mandatarios
más vendidos que ellos, como hicieron aquí el botones
de Aznar y nuestro lacayuno Sanguinetti, durante la pasada cumbre
en La Habana, en violación de toda hospitalidad y norma diplomática;
y le recordé que cuando la oposición de nuestro continente
arreciaba, los Estados Unidos apoyaban y financiaban las dictaduras
militares; mientras la Escuela de las Américas entrenaba a
los torturadores de todo el Continente; y que la oposición,
sin dinero, sin becas, ni premios literarios, era reprimida con ferocidad:
nos desaparecían, nos torturaban, nos lanzaban al mar o a fosas
comunes.
Los disidentes de nuestra América no daban conferencias de
prensa, no eran sometidos a juicios, no recibían sanciones
de veinte años. Eran secuestrados por las patotas oficiales
o grupos paramilitares que los desaparecían por miles. O estaban
prófugos o muertos.
Lo que pasa es que vos nunca fuiste demócrata me dijo
de pronto.
Y tuve que admitirle al menos que nunca creí en nuestra cacareada
democracia uruguaya de la llamada Suiza de América, ni en la
de McCarthy; y que no creo en la de Argentina, país que aún
hoy cobija en la impunidad a los torturadores de treinta mil desaparecidos;
ni en la democracia de Guatemala con sus miles de cementerios clandestinos;
ni en las europeas donde los trabajadores padecen la humillante dictadura
de las empresas y de los patrones, o reciben a mansalva gases lacrimógenos,
chorros de agua helada, balas de plástico, y la puse al corriente
de que nada similar a esto se ha visto jamás en cuarenta y
cuatro años de Revolución en Cuba y, por supuesto, preferiría
dejar de existir antes que apoyar una democracia como la de Bush.
A estas alturas ya ni sé si creo en la democracia ateniense.
Estoy convencido de que Cuba es una de las sociedades más justas
del planeta; único país de Latinoamérica donde
no se reclama un desaparecido; único que envía médicos
y maestros gratuitos a sus hermanos del Tercer Mundo; que cuida de
sus niños, de sus ancianos, de sus embarazadas, de sus minusválidos.
Y a esta sociedad, estoy dispuesto a defenderla contra la mentira
mediática, contra la desinformación de mi hermana carnal,
y contra la constante manipulación que padecen millones de
mis hermanos espirituales.