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La novela del tiempo inmóvil*

José Luis Díaz-Granados

 

El jurado de novela del Premio Casa de las Américas 2001 otorgó de manera unánime el galardón a Siempre es posible verlos al pasar, del escritor colombiano Leonardo Peña Calderón, oriundo del Quindío, en el eje cafetero de su país, territorio limítrofe con el punto geográfico donde se desarrolla esta divertida y a la vez dramática reinvención de la realidad latinoamericana.

La lectura de Siempre es posible verlos al pasar –título endecasílabo muy propio de novelas en ese país de poetas y versificadores irremediables (recordemos Cuatro años a bordo de mí mismo, El coronel no tiene quien le escriba, El Gran Burundún-Burundá ha muerto, Después empezará la madrugada)–, supone que sus protagonistas son los últimos miembros de una saga familiar –los Villafañe–, rígida y tradicionalista, del occidente colombiano –más exactamente del Valle del Cauca y de Cali, su capital–, que recrea de manera especial aquellos años 60 y 70 del siglo que se fue, en los cuales convivían los herederos de ese conservadurismo tan arraigado en las conciencias y una joven generación insurgente, liberada de tabúes y comprometida hasta la médula en el cambio de los malos hábitos de sus caciques y dirigentes políticos.

Allí el autor –arquitecto, diseñador gráfico y profesor universitario– maneja con suma habilidad los elementos temporales y los anecdóticos, alternando planos y situaciones de cada uno de los Villafañe, haciendo gala de técnicas variopintas como el monólogo, el relato lineal o tradicional, el diálogo cinematográfico, la confesión en segunda persona y el sistema de grabación radial como recurso estilístico, todo ello con un respiro cada vez más obstinado al final de cada capítulo: el collage de los avisos de cine pornográfico que Benancio Villafañe colecciona de manera secreta y ordenada.

El elemento simbólico está presente a todo lo largo de la novela, y es Presunta, la hermana menor, quien da las primeras señales del camino narrativo, en las que perros feroces la amenazan en sus frecuentes pesadillas, a lo largo de toda su vida. Es tal vez el tortuoso camino que conduce del infierno al paraíso. De una inicial promiscuidad sexual que alarma y preocupa sobremanera a su santa madre, pero que de algún modo obedece a extraños designios divinos, Presunta deja repentinamente de ser la hembra de muchos machos para convertirse en una mística y providencial curandera que termina su existencia rodeada de seres espirituales contrahechos, monstruosos, repugnantes y marginales.

Está presente en la novela el hermano patán y desaliñado, en un principio, y luego convertido en misántropo avaro y obseso. También Benancio, el coleccionista de avisos de Cine X; Pepe Largo, seductor y vagabundo, y Baltasar Cano, el guerrillero que aparece en mitad de la historia como un viento fresco y juvenil que perfora aquella atmósfera contaminada.

Curiosamente, la alegoría de esa amistad, inocente al inicio, entre el joven insurgente y la niña Villafañe –que luego se vuelve plena de amor y de pasión–, podría sintetizar la lucha de esos vientos antagónicos que tradicionalmente han enfrentado a los colombianos: siendo adolescentes, en una fiesta estudiantil, ella porta un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús y él un retrato del general revolucionario Rafael Uribe Uribe.

Luego de innumerables episodios donde convergen los más recónditos sentimientos del hombre contemporáneo, desde el campanazo ascético hasta la náusea existencial, los seres, la familia, las casas donde habitan y las cosas del contorno van envejeciendo dentro de un espacio temporal que parece haberse detenido. No obstante, sabemos que el tiempo existe por los síntomas de deterioro individual y colectivo que corren paralelos al deterioro de un árbol de cadmio que al final se confunde con las piedras del patio casero.

En ese pequeño gran universo, en un pedacito de Colombia, se nos revelan arteriales agonías del hombre intemporal. Entre sus monólogos aparecen reflexiones y sencillas gotas de sabiduría. Una simple ventanilla de un bus puede descubrir por primera vez el mundo al hombre que durante muchos años ha estado inmerso en los libros. O el árbol que a pesar de su intenso perfume no logró amortiguar el olor del abandono.

Todo ello, salpicado de detalles imprevistos y deliciosas aventuras, se encuentra en Siempre es posible verlos al pasar, novela despojada de nimiedades y asuntos superfluos, escrita en una prosa ágil, amena y directa, y donde se reinventa la saga de muchas familias criollas de Suramérica, con sus luces y sus sombras, dentro de «un tiempo aparentemente inmóvil en el que creyeron vivir y morir sus protagonistas».

 

* Leonardo Peña Calderón: Siempre es posible verlos al pasar, La Habana-Santa Fe de Bogotá, Casa de las Américas-Ministerio de Cultura de Colombia, 2001.