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Apocalipsis cum figuris*

Omar Valiño

Como frente a un bajorrelieve, así nos detenemos ante la historia "congelada" en los trazos de la literatura;
si observamos bien, comienzan a revelarse los detalles, los objetos, destacan las siluetas, algunas tan cercanas, verídicas que son reconocibles sus nombres, sus trayectorias. De pronto un ángulo nos descubre una faceta, un rasgo desconocido del personaje en primer plano e indagamos, entonces, los vínculos de ese signo con la muchedumbre y el paisaje histórico escondidos tras él.

Quienes conocen el olfato periodístico y la sensibilidad cultural de Jaime Sarusky, convendrán en que algo así pudo haberle ocurrido ante William Walker, el famoso filibustero estadunidense que incursionó en varias ocasiones en la América Central cuando el siglo XIX marcaba su medianía. Un tema, un contexto, un personaje en apariencia extraños al canon literario vernáculo, convertidos en la novela ganadora del Premio Alejo Carpentier 2001, después de un largo silencio en la producción novelística del autor de Rebelión en la octava casa (1967).

Su obra, de extraña filiación entre la literatura y el periodismo cabal y no de ocasión, como ha señalado con agudeza Ambrosio Fornet, registra constantes más allá de las fronteras impuestas por los géneros. De aquéllas se cumplen varias, si no todas, en Un hombre providencial.

Aquí está la focalización del otro, cierto extrañamiento contextual, el disimulado ensayismo entre líneas y, sobre todo, esa mirada antropológica que, sin apoyarse en lo científico, alumbra el comportamiento del ser humano en circunstancias límite. Sarusky ilumina precisamente la humanidad de Eulogio, Ricardo, Doña Lilia, Benderton, Cathy y, entre otros, por supuesto, de Providence, aunque humanidad no equivale aquí a humanismo, sino a la reacción, a la respuesta del hombre y la mujer frente a la vida.

El eje lo constituye la familia Vidal y no William W. Providence. Providence es omnipresente sí, pero por eso mismo es como el trasfondo de la narración, el protagonista que, relativamente omitido, es sin embargo el creador del marco preciso en el cual ocurre la trama de la novela. Los Vidal, una familia dividida por las posiciones ideológicas o ante la vida de los tres hermanos, con un tronco todavía determinante, la madre, vista por Ricardo, el nieto, que narra.

Tal vez por eso, para mí, Un hombre providencial es, ante todo, novela de personajes que se pueden observar como entramado de pasiones, búsquedas, accidentes. Perfectamente delineados, los descubrimos por sus acciones o por sus puntos de vista cuando nos cuentan el accionar de otros. El fardo del pasado pesa sobre ellos: historias ricas en errores, ambiciones, secretos.

En ellos penetra el autor de La búsqueda (1961) para desvelarnos los impulsos, contradicciones y desgarros del alma frente a la adversidad, pero acompañados siempre, reitero, de su correspondiente respuesta porque ése es el móvil que más interesa a Jaime Sarusky, una cierta épica de lo íntimo, de lo cotidiano, de la resistencia personal del ser humano.

Si en La aventura de los suecos en Cuba (1999), por citar un ejemplo, tal épica se cumple frente a la naturaleza, en Un hombre providencial se cumple ante la historia. Esos personajes, cuyos destinos el autor juntará y el Capitán Cruz y Ricardo Vidal, como columnas vertebrales de la narración, recogerán a través de diversos testimonios, incluidos los suyos, pelearán su sobrevivencia en medio de una guerra. Tal combate permanente, y no las acciones bélicas en las que se ven envueltos, constituye el centro y el sentido de esta novela, que por eso, y por elementos arriba expuestos, no me gustaría catalogar de histórica, aunque su marco es de historicidad probada.

Es verdad que el libro nos amplía las tres líneas que recordaba sobre Walker, nos ubica ante un ejemplo perfecto del modus operandi de la maquinaria político-militar de los Estados Unidos de Norteamérica, repetido una y otra vez hasta estos mismos días y, sobre todo, frente a la pragmática voracidad de sus individuos. Sarusky subraya, en definitiva, una etapa fundacional de esa historia eternamente padecida.

Pero allí donde no hay historia, entra la imaginación del autor a llenar los agujeros negros; algo que sabe hacer muy bien porque, entre otros rasgos de su obra, aflora la contaminación con su espíritu aventurero, con su voluntad personal de exprimir siempre la vida. Por eso alcanza plena verosimilitud a través de la "literariedad", desplaza la noción de "verdad histórica", amalgama aventura, cotidianidad, erotismo, picaresca, epicidad, humor -obligándonos a leer de un tirón-. Y nos muestra en la acción febril de cada línea, no en largas disquisiciones, un retablo y sus hilos, el titiritero y los títeres, la política y sus extorsiones, y ojo: la imposibilidad de la pureza en medio de la guerra. Así como todos se sitúan en distintos bandos ideológicos, políticos o militares, trasiegan en la calle o a escondidas, son transacciones hijas de la sangre, de las querencias, de la ética, del deseo o de la casualidad; se manchan en lo humano porque lo humano está a veces por encima de todo, en ocasiones por debajo.

De tal manera, William Walker y su descabellada aventura de conquista al sur del Río Bravo no son pretextos de Sarusky pero tampoco fin. (Por eso no es histórica Un hombre providencial y sí, por eso, Providence es y no es William Walker, como ha dicho Reynaldo González). Son posibilidades analógicas para confrontar al ser humano, sobre todo de estas tierras, con la política, el tiempo, la muerte, el amor... En definitiva, ese y no otro es terreno del arte, iluminar el alma del hombre.

*Jaime Sarusky: Un hombre providencial, La Habana, Editorial Letras Cubanas,2001