La obra hace confluir dos formas artísticas: la instalación plástica y la acción dramática. Tanto una como la otra involucran la mirada del espectador y la experiencia de un espacio compartido. Ese territorio para mirar y mirarse, para el descubrimiento y la indagación, es el de una sala que convoca, a su manera lúdica y reflexiva, las dos acepciones de la palabra "galería": el recinto destinado a la exhibición del arte y también el sitio recorrido por pasadizos en el cual hay, uno al lado del otro, puestos donde se ofrecen mercancías. Caminar por una muestra, andar por un mercado: en ambos casos se sigue un itinerario que nadie fija de antemano, deteniéndonos o apresurándonos según el arbitrio de nuestro propio interés o deseo. La vivencia de quien ingresa a Hecho en Perú es la del transeúnte que circula por una calle, y sabe que cinco minutos antes, o cinco después, no verá lo mismo, pues la naturaleza de lo urbano es el tránsito.
Seis vitrinas (o escenarios), seis presencias compuestas de ideas, actos y perfiles que, en su heterogeneidad, no niegan una matriz común (o, si se quiere una misma marca de fábrica). La visita pasa por el temor y la esperanza que la fe -religiosa o mágica- alberga, por la revelación de las maquinaciones ocultas del terror del estado, por los varios rostros de la mujer popular, por las encarnaciones de lo Eterno Femenino en el Perú, por el éxodo de quienes han llegado a la conclusión de que su país les resulta inhabitable y por el álbum del indígena imaginario que la dominación colonial y su heredera, la republicana, ha compilado.
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