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| Adriana
Rodríguez Pérsico |
| 2010 |
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Textos
selectos |
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Relatos de época: una cartografía
de América Latina (1880-1920)
II. Los relatos de la comunidad.
Los nuevos profetas (Fragmento)
Modernización y profesía.
El mito –según quería Lévi-Strauss–
cuenta lo mismo que la historia por otros medios.1 Propone modelos
de inteligibilidad; provee modos para entender el universo, y al
mismo tiempo, ofrece figuras de identificación colectiva.
Cada época acuña sus propios mitos; aniquila algunos
y los sustituye por otros. La modernidad misma, constituida en mito,
examina sus personajes; entre ellos se destaca el escritor profeta.
El mito crea un espacio donde lo individual reencuentra lo comunitario;
cuenta una historia asumida por un héroe cuya existencia
despliega valores que guardan relación con la vida grupal.
Desde una perspectiva nietzscheana, el mito conlleva un alejamiento
del exceso de conciencia histórica para acercarse a la experiencia
estética. En sus ensayos sobre Wagner, Nietzsche percibe
que el mito porta un elemento político. En este sentido,
funciona como núcleo de cohesión; una mitología
renovada en términos estéticos actúa como imán
para la integración social. Cuando Baudelaire escribe sobre
Wagner, ve en el mito una capacidad y una eficacia narrativa de
las que carece la historia. En 1861, juzga La legende des siècles
de Victor Hugo, valorando las potencialidades creadoras que se encuentran
en la leyenda, el mito y la fábula “que son como concentraciones
de la vida nacional, como reservorios profundos donde duermen la
sangre y las lágrimas de los pueblos”. 2 Si los modernos
aprenden en Baudelaire la pasión por las experiencias más
radicales, Nietzsche, a través de Zaratustra, el filósofo
que ríe, indica el camino para el advenimiento del superhombre.
Al contemplar el mundo actual, Zaratustra ríe de los hombres
sublimes y de los débiles apartándose horrorizado
del espíritu de la pesadez. Esa risa que no es de dolor ni
de alegría provoca asombro en el lector, una mezcla de interrogación
estupefacta, vitalidad desbordada y escepticismo contenido. 3 Recomienda
luego abandonar lo sublime y la heroicidad. Sólo en ese momento
puede insinuarse la senda que conduce a la belleza y que deja vislumbrar
la aproximación del superhombre. En la morada del pensamiento
–el espacio del monte que predispone al nacimiento de la reflexión–,
el peregrino entona un canto contra los límites que imponen
al hombre los valores morales del bien y del mal. El discurso profético
lanza su prédica en la soledad y llega a oídos de
unos pocos; su auditorio no es la multitud. Zaratustra incita a
una práctica que consiste en “concentrar y unir todo
lo que en el hombre no es más que fragmento y enigma y pavoroso
azar” (139). 4 Inmediatamente, se define: “Como poeta,
como adivino de enigmas, como redentor del azar, les he enseñado
a ser creadores del porvenir y a salvar, creando, todo lo que fue”
(139). Queda trazado así un imaginario de artista como intérprete
de los signos, artífice del lenguaje futuro y también
hacedor de la historia.
El mundo real se ha convertido en una fábula, leemos en El
ocaso de los ídolos. Si la verdad absoluta es sustituida
por verdades particulares, si la ciencia no provee todas las respuestas
a las preguntas humanas, y la historia no transita ya la vía
perfecta hacia el progreso, entonces, lo que queda –aún
para describir lo histórico– es el arte y los modos
de la narración. Si aceptamos la idea baudelairiana de que
el arte hace una traducción legendaria de la vida, las formas
posibles de organizar y dar sentidos a los contenidos culturales
son la retórica, la fábula o la leyenda. Esa fábula
combina acentos idealistas o escépticos, inmorales o probos,
redencionistas o discriminatorios en discursos donde la crítica
se impregna de nostálgicas recordaciones o de palpitante
futurismo.
Los escritores latinoamericanos encontraron en Nietzsche no sólo
un repertorio de temas –el nihilismo consumado, el eterno
retorno o la voluntad de poder–, sino también un tono
profético y un modo particular de enunciación. Una
forma de pensar el tiempo o la historia. “Los dos caminos”,
incluido en Filosofícula (1924) de Lugones, es una historia
de la diferencia. Walter Freeman, un Zaratustra americano, decide
emprender una búsqueda, que toma, primero, la forma del viaje
a lugares desconocidos. Pero en su peregrinación, halla el
mundo muy aburrido y demasiado pequeño. En Nueva York, los
individuos se parecen a los edificios: “le resultaron iguales
y achatados por la igualdad como los clavos en la suela de una bota”
(27). 5 Contra el espíritu gregario de la modernidad, el
relato subraya el aislamiento del diferente en medio de la “multitud
uniforme”. Contra la idea progresiva de la historia, elabora
una concepción del tiempo circular que borra los límites
entre pasado y presente y confunde la historia con la profecía.
Cuando el viajero llega a Asia, se topa con el solitario que lo
insta a encontrar el aleph en uno mismo. El microcosmos abriga el
macrocosmos, y “[...] así fue como Walter Freeman halló
por primera vez un hombre distinto” (34).
En los procesos de modernización, ciertas figuras sintetizan
el choque entre la fragmentación del mundo actual y la unidad
ya imposible. En este sentido, el mito del escritor como profeta
pertenece doblemente a su época, es engendrado por ella y,
a su vez, la describe, haciendo la apología o la crítica.
La enunciación profética se articula con los procesos
de modernización dando origen a narraciones que elaboran
las tensiones entre una subjetividad que exhibe ademanes elitistas
mientras acusa la pérdida de la plenitud, y un orden político
que se conmociona ante el surgimiento de las masas.
6 Algunas composiciones de José E. Rodó, José
Asunción Silva, Rubén Darío, José Martí,
Leopoldo Lugones, Graça Aranha y Joaquín V. González
proveen las condiciones de enunciación de la profecía
en el 1900. 7 Los discursos ponen en consonancia el presente como
superación del pasado y proyectan un futuro más venturoso
mientras evalúan distintos aspectos de la modernización:
el lugar del progreso, la razón, la fe, el papel de la literatura
y el destino del escritor y del pueblo en ese nuevo orden. Con excepción
del nihilista Silva, desarrollan una concepción perfectible
de la historia que la humanidad acompaña con idéntico
ritmo y apuestan a una palabra profética que se quiere exitosa
en Darío y Martí, se confiesa fracasada en Silva,
insinúa su nacimiento en Rodó o en Graça Aranha
y declama, en Lugones, una tajante separación.
El imaginario del profeta se perfila como el doble del escritor,
un rebelde que discierne con justeza el estado de las cosas. Lo
aproximan al saber profético la revelación de secretos
y el esclarecimiento de momentos de servidumbre, así como
la función de guiar a las multitudes desde una posición
mediadora entre un pueblo balbuceante y su historia. El artista
será traductor de experiencias culturales, vitales o políticas.
El estigma de la diferencia que genera el ejercicio de una palabra
discordante, a contrapelo de la doxa une las dos figuras. Esta secuencia
actúa como motor en gran parte de la producción estética
finisecular.
Moderno en sus enunciados, el profeta resulta paradojalmente arcaico
en sus modos de enunciación. Se sabe infalible porque en
su voz resuena otra lejana para la mayoría de los mortales.
Su mirada impugnatoria respecto de la sociedad a la que pertenece
se traduce en un lenguaje asertivo que opera sobre los oyentes con
las fuerzas hermanadas de la incomodidad y la seducción,
con la extrañeza de la palabra revelada. La función
simbólica fundamental que realiza el discurso profético
es el diagnóstico de una situación presente de crisis
o decadencia y la anticipación de los hechos venideros. El
profeta habla con la autoridad de otra voz y contiene en su palabra
todos los tiempos: fustiga el presente y vaticina el futuro; para
ilustrar, muchas veces acude a los sucesos pretéritos. |
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1 Dice Claude Lévi-Strauss:
“No estoy muy lejos de pensar que en nuestras sociedades la
historia sustituye a la mitología y desempeña la misma
función, ya que para las sociedades ágrafas y que por
lo tanto carecen de archivos, la mitología tiene por finalidad
asegurar, con un alto grado de certeza –una certeza completa
es obviamente imposible– que el futuro permanecerá fiel
al presente [...]. Pero a pesar de todo, el muro que existe en cierta
medida en nuestra mente entre mitología e historia probablemente
pueda comenzar a abrirse a través del estudio de historias
concebidas ya no en forma separada de la mitología, sino como
una continuación de ésta” (65). Lévi-Strauss,
Claude. Mito y significado. Buenos Aires, Alianza, 1986.
2 Citado por Meschonnic, Modernité. Modernité, 111.
3 Nietzsche y Baudelaire tienen los mismos enemigos: el conformismo,
la moral aplicada al arte, la concepción de progreso estético.
Idéntico odio a la masificación. Baudelaire rechaza
con igual ímpetu la escuela burguesa y la socialista porque
con espíritu misionero preconizan la moral en el arte convirtiéndolo
en propaganda. En “De l'essence du rire” (1846), el escritor
ensaya una aproximación de la risa con lo satánico;
el Sabio teme la risa como a la concupiscencia y a la tentación,
de lo que concluye que ésta es una idea propia de una mente
cristiana para la que la risa adquiere la imagen de un tonto o un
loco. Esboza también la hipótesis de que la risa es
un signo de superioridad, nos reímos de los defectos y torpezas
de los seres inferiores. He aquí, entonces, la naturaleza doble
de la risa: siendo diabólica es profundamente humana; signo
de superioridad respecto de los animales, de inferioridad respecto
del sabio. Baudelaire, Charles. “De l'essence du rire”.
Oeuvres Complètes. Paris, Gallimard, 1976, Vol. I, 524-543.
La figura de Zaratustra comparte estos rasgos, satanismo, sabiduría,
locura, superioridad. Son, por otra parte, los trazos de la subjetividad
moderna, de los escritores y de los personajes literarios.
4 Nietzsche, Friedrich. Así hablaba Zaratustra. Buenos Aires,
Siglo Veinte, 1985. Arrepentido de adentrarse en el porvenir, Zaratustra
retorna en el tiempo hacia el país de la civilización
donde habitan los hombres actuales. Encuentra allí simulacros
humanos, cubiertos los rostros por máscaras que ocultan calaveras.
Son los remanentes del pasado que resisten –escondidos detrás
de signos– cualquier interpretación. El maestro ríe
de la esterilidad de esa humanidad. La inactualidad de Zaratustra,
puesta su mirada en el porvenir, hace de él un viajero incansable,
desterrado de todas las patrias.
5 Lugones, Leopoldo. Filosofícula. Buenos Aires, Ediciones
Centurión, 1948.
6 Rama escribe sobre el “poeta visionario”: “El
tema del poeta visionario reclama, aún más que el eje
interno americano (Whitman-Poe), el europeo-americano, porque la plena
afirmación de esta perspectiva pertenece a Rimbaud y a Martí.
La famosa carta que Arthur Rimbaud escribe a Paul Demeny desde Charleville
el 15 de mayo de 1871, conocida en la historia literaria como la “Lettre
du Voyant”, puede leerse, alterando su signo, sobre el propósito
artístico de Martí” (116). Rama, Ángel.
“José Martí en el eje de la modernización
poética: Whitman, Lautréamont, Rimbaud”. Nueva
Revista de Filología Hispánica. México, Vol.
XXXII, No. 1, 1983, 96-135.
7 Agreguemos que el ademán mesiánico y el tono espiritualista
se prolongan hasta bien entrada la década del 20. Por ejemplo,
en la cultura brasileña, la herencia simbolista aparece clara
en la revista carioca Festa, que liderada por Tasso da Silveira, confronta
a la vez con la Revista de Antropofagia y con la Escola da Anta de
Plínio Salgado y Menotti del Picchia, cuya visión antirracionalista
se inspira en la idea de raza cósmica del mexicano Vasconcelos
para proponer una identidad nacional basada en el mestizaje. |
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