Aquel país
en su memoria
Ella me hablaba del lugar donde nació,
caliente, húmedo y fluvial,
como quien cuenta un naufragio de un país.
Al oírle, daba la impresión de que esa patria selvática,
que describía hasta en los sonidos de las aves
y el temor a las jaurías de animales de ojos violáceos,
quedaba demasiado lejos.
Sus historias quedaban truncas,
abatidas por un silencio ardiente y melancólico,
hijo de una lejanía.
Siempre sentí temor cuando repetía
que los huracanes aparecían de pronto
como gigantes sin rumbo que todo lo arrasaban.
Pero me contaba de su país de montañas
desde donde se miraban dos mares a la vez,
página a página,
rugido a rugido,
como los vientos abruptos y los aguajes
que cuarteaban las orillas de los esteros.
Cuando la lluvia nos encerraba en casa
y no podíamos salir,
le pedía que me dijera cómo era aquel lugar
de árboles tan altos como el cielo
y de escarabajos de color lapislázuli.
Y, entonces, su país era una bruma alegre en sus ojos.
Su inolvidable país donde el sol era una fiesta roja
que teñía el océano,
manojos de sal y espuma en las noches fosforescentes
donde las estrellas fugaces contaban por cientos.
El país que a fuerza de remembranzas
permaneció inalterable en su corazón de cristal
y en su memoria fresca
y que, de cuando en cuando, abría
para verlo flotar en un mar de lágrimas.
Un ahogado terrestre
No volvió a casarse nunca más.
Eran los tiempos
en que los hombres fuertes de aquella selva calenturienta
hacían filas para trabajar
en la extracción de oro de las minas de Cana.
Allí estuvo su marido en los túnesles,
como un topo excavador,
arañando toneladas de tierra
hasta que el río se les vino encima,
escurridizo y sin ruido
cuando penetró por los laberintos
como la serpiente dueña de su guarida.
Ella lo recogió del lodazal,
en una de las bocas de la mina,
en el mismo agujero por donde la taimada muerte
rasgó su corazón
y entristeció para siempre sus ojos negros.
Sin una queja lo llevó a su casa;
su hermana –Herminia Espinosa- la ayudó a lavarlo
y cubos enteros de agua
se fueron llevando ese color ocre en que lo inerte lo envolvió.
Un ahogado terrestre la miraba desde el barro
y el miedo.
Dos pupilas ya sin ver la luz,
una súplica con la boca cerrada,
la sangre atascada en sus venas
por la fatalidad
y el dolor parejo e imprevisto,
hacinado en una mujer descalza y buena,
que de pronto es atravesada
por una desdicha indeseable.
Baldomera lo comprendió todo en el acto;
fue hasta la mesa junto al fogón de leña,
tomó uno de los cuchillos,
y sin que nadie
hubiese tenido tiempo para detenerla,
le enterró la punta en la tráquea con fuerza
y sin temblarle el pulso
siguió todavía un poco más abajo.
“Así podrás respirar lo que
te falte para llegar” –le dijo.
Dura,
pétrea,
solemmne,
deshecha por dentro
pero sin dejar ver señales de ardor por fuera,
como si le hubiesen dibujado en hielo la mirada,
cuarteada su juventud,
rota su alma
y pulverizado sus abrazos,
lo enterró sin lágrimas,
como él siempre esperó de aquella mujer de roble
con alma de leoparda.
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