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Eduardo Galeano
2011
  Textos selectos  
  Los espejos están llenos de gente.
Los invisibles nos ven.
Los olvidados nos recuerdan.
Cuando nos vemos, los vemos.
Cuando nos vamos, ¿se van?

De deseo somos

La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenía manos, pero no tenía a quién tocar. Tenía boca, pero no tenía con quién hablar. La vida era una, y siendo una era ninguna.
Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos.
Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse también.

Las personas de Pessoa

Era uno, era muchos, era todos, era ninguno.
Fernando Pessoa, burócrata triste, prisionero del reloj, solitario autor de cartas de amor jamás enviadas, tenía un manicomio dentro de sí.
De sus habitantes conocemos los nombres, las fechas y hasta las horas de nacimiento, los horóscopos, los pesos y las estaturas.
Y las obras, porque todos eran poetas.
Alberto Caeiro, pagano, burlón de la metafísica y demás acrobacias de los intelectuales que reducen la vida a los conceptos, escribía erupciones;
Ricardo Reis, monárquico, helenista, hijo de la cultura clásica, que nació varias veces y tuvo varios horóscopos, escribía construcciones;
Álvaro de Campos, ingeniero de Glasgow, vanguardista, estudioso de la energía y temeroso del cansancio de vivir, escribía sensaciones;
Bernardo Soares, maestro de la paradoja, poeta en prosa, erudito que decía ser esforzado y ayudante de algún bibliotecario, escribía contradicciones;
y Antonio Mora, psiquiatra y demente, internado en Cascais, escribía lucubraciones y locobraciones.
Pessoa también escribía. Cuando ellos dormían.