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Francisco Proaño
2010
  Textos selectos  
  Tratado del amor clandestino (fragmento)

Recuerdo haber imaginado el silencioso descenso de los dos cuerpos enlazados, el chorro de luz que cae e hiende la pared helada del agua, el turbión burbujeante abriéndose paso hacia el fondo de la laguna. Abajo, la oscuridad, el légamo enigmático aproximándose a velocidad de vértigo y pronto a ser violado o vuelto tumba una vez consumada la abrupta intromisión de los amantes o sus restos, abrazados para siempre. Bajo aquel cielo, nada parecería haber sucedido, ningún drama: apenas el leve susurrar del agua, su ahogada queja y, por un instante, en una secuencia infinitesimal, el brusco desplazarse, en dirección a las orillas, de los rizos concéntricos e imperceptibles, entrevistos casi como reflejos o destellos, o dentelladas que chocarán breves contra las rocas, deshaciéndose. Luego, de nuevo, la quietud: la extensión translúcida solo perturbada por la caída de los pájaros que por octubre y noviembre llegan allí para morir, sus gritos a manera de lápidas, en tanto dejan, uno a uno, la formación que incesante y absorta, sigue la ruta migratoria de todos los años, su lenta declinación hacia el sur.

Todo aquello se me vino a la mente mientras el delegado de la Policía me entregaba la brújula empotrada en estuche de cuero, en cuyo exterior está grabado tu nombre, papá: único vestigio, junto con una borrosa fotografía, por los cuales pudieron verificar que aquel cadáver era tuyo, en tanto que la identidad de la mujer enlazada a ti permanecerá con seguridad sin descubrirse: solo ustedes dos podrían ahora descifrar su secreto, porque no creo que el nombre que consignas como de ella en alguna de tus cartas, el de Isadora Guerrero, sea cierto.

La Policía se empeña ahora en dar con el paradero de quien o quienes llevaron a Isadora y a ti al centro de la laguna, para cumplir con el peregrino ritual de arrojarlos al agua. El hecho de estar los dos en un abrazo que aspiraría a ser perenne, las huellas de veneno encontradas en la autopsia efectuada por ley, más una nota presuntamente tuya en la que formulas el consabido reclamo de no culpar a nadie de tu muerte, han llevado a los investigadores a aceptar la hipótesis del suicidio. No sé por qué infieren que tú e Isadora se encontraban al borde de la indigencia. Tal vez por ello, para aclarar estos detalles pedestres, persisten en su intento de hallar a los cómplices, al parecer contratados, de este aún inentendible acto.

De todas las cartas que me escribiste y no me enviaste, solo una llegó. En ella incluías algunos datos sobre el lugar donde has vivido los últimos años –uno de los parajes más inaccesibles y menos conocidos de la geografía del planeta-, y las coordenadas de tu postrera guarida. Ello me permitió realizar este viaje y entender, aun cuando sea precariamente, al hombre que fue mi padre. Hemos consumado una transacción justa: tú has desvelado aspectos para mí desconocidos; yo me he referido a lo que juzgo tuvo alguna relevancia durante estos años de ausencia.

Sólo me duele una cosa: que no hayas podido cumplir con tu destino final, el que planeaste para ti y la mujer llamada Isadora. Ya nada es eterno, todo se ha vuelto efímero, y nadie podría aspirar a permanecer como lo han hecho, por ejemplo, en Sumpa, los dos amantes adolescentes que allí prosiguen en su abrazo de diez mil años, y a quienes quisieron ustedes imitar en una época incapaz de comprender tan desproporcionados dispendios.